Orsi, Yamandú

 

DISCURSO DEL SEÑOR PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA 

SEÑORA PRESIDENTA.

- Muy buenos días. Hoy sentimos una gran emoción en este momento trascendente que, una vez más, como cada cinco años, le muestra al mundo y a nosotros mismos la salud de nuestra ejemplar democracia. Así, con el corazón henchido, damos comienzo a la se­gunda parte de esta sesión. En mi condición de presidenta de la Asamblea Gene­ral, quiero invitar al presidente de la República Oriental del Uruguay a dirigirse a nuestro pueblo, a todas y a todos, estén donde estén. 

(Aplausos en la sala y en las barras).

SEÑOR PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA.

- Señora presidenta de la Asamblea General –mi amiga–, Carolina Cosse; señoras y señores legisladores; señor presidente y ministros de la Suprema Corte de Justicia; señores pre­sidentes y jefes de Estado de países hermanos; señoras y señores jefes y miembros de delegaciones internacionales, que nos honran con su presencia; señores comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas; señores expresidentes de la República Oriental del Uruguay Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle Herrera y José Mujica; … 

(Aplausos en la sala y en las barras).

 –… autoridades nacionales y departamentales; compa­triotas residentes en el país o en el exterior; pueblo uru­guayo; señoras y señores: en un día como hoy, pero hace exactamente cuarenta años, Uruguay recuperaba su de­mocracia. Asistimos desde entonces al período más largo de vida democrática de la historia de nuestro país. Es un enorme orgullo poder celebrarlo, no solo ante mis propios compatriotas sino también ante mandatarios y autoridades de varias partes del mundo. El 1.º de marzo de 1985 el país recobraba la instituciona­lidad democrática luego de trece años de dictadura cívico-militar. Atrás quedaba el período más doloroso de nuestra historia contemporánea, marcado por la persecución políti­ca y la crueldad humana como método de Gobierno, y por el saqueo económico como parte central de ese proyecto político. Hay secuelas de ese período que continúan hasta hoy; por eso es tan justo como imprescindible mantener in­tacto el compromiso con la libertad, la verdad y la justicia. 

(Aplausos en la sala y en las barras). 

–Durante estas cuatro décadas, cada cinco años, los ciudadanos han elegido a sus gobernantes en una fiesta cívica que enorgullece a la república. Este es un país de partidos políticos, de alternancia en el poder, de acuerdos, un país en el que la confianza sigue siendo un elemento central para su funcionamiento. Por eso decimos que el Uruguay funciona. Así que, «Gracias, democracia; gra­cias, república; gracias, partidos políticos, por hacer de este Uruguay una amalgama plural de convivencia, que aún despierta asombro en el mundo». El 24 de noviembre pasado los uruguayos, ciudadanas y ciudadanos de nuestro país, me otorgaron, mediante el voto, la mayor responsabilidad a la que un uruguayo puede aspirar: la presidencia de la república. Solo una síntesis de republicanismo con partidos políticos sólidos como la de nuestro país pudo lograr que alguien como yo, o como ustedes, legisladores electos, que venimos del interior o de un barrio de la capital, que somos trabajadores, profesio­nales o empresarios, podamos por decisión de la ciudada­nía acceder a estos honorables cargos y andar por nuestras calles libremente. Llego a la presidencia con la misma convicción y vo­cación de servicio de siempre. No llego solo, llego con la experiencia de mis años en mi querido Canelones, con lo aprendido de cada vecino o vecina con quienes trabajamos por un mejor departamento; llego también con las enseñan­zas de los queridos Marcos Carámbula, Tabaré Vázquez… 

(Aplausos en la sala y en las barras).

 –… y José Mujica. 

(Aplausos en la sala y en las barras).

–Así como no hay república ni libertad ni convivencia pacífica sin democracia, tampoco hay democracia sin parti­dos políticos. Bien sabemos que tenemos que atesorar esta construcción en tiempos en los que proliferan las expresio­nes de antipolítica y las lógicas excluyentes. Seamos siem­pre adversarios, pero nunca enemigos, y alejémonos todo lo posible del cinismo y de la frivolidad para no tener que la­mentar el descreimiento en la política y sus consecuencias. Corresponde, entonces, agradecer a los partidos po­líticos de mi país, vasos comunicantes de la democracia con el pueblo, estructuradores de los debates civilizados, garantizadores del pluralismo democrático, vacuna con­tra los excesos surgidos del mesianismo. Los uruguayos siguen votando por preferencias o por referencias e iden­tidades partidarias más que por candidatos individuales, por más destacados que parezcan. Corresponde agradecer a los expresidentes aquí pre­sentes: Julio María Sanguinetti, … 

(Aplausos en la sala y en las barras). 

–… Luis Lacalle Herrera, … 

(Aplausos en la sala y en las barras). 

–… y José Mujica. 

(Aplausos en la sala y en las barras). 

–Corresponde agradecer también a quienes, desgracia­damente, ya no están entre nosotros: Jorge Batlle y Tabaré Vázquez, … 

(Aplausos en la sala y en las barras). 

–… y al presidente saliente, Luis Lacalle Pou. 

(Aplausos en la sala y en las barras). 

–Agradecemos a todos ellos por sostener y por ali­mentar esta reconstrucción democrática de manera inin­terrumpida durante cuatro décadas. Este Gobierno llega presidido, entonces, de esa acumu­lación positiva, y es mi deber, además de mi convicción, cultivarla en distintos planos de la vida nacional. Gracias a esa acumulación hemos conquistado cada vez más dere­chos, cada vez más desarrollo cultural, artístico y científi­co. Gracias a esa acumulación positiva el país pudo supe­rar, en el 2002, su peor crisis en este período democrático, y lo hizo mediante la acción política y el diálogo incansa­ble, encabezado por Alejandro Atchugarry y acompañado por actores políticos, sindicales y empresariales.

 (Aplausos en la sala y en las barras). 

–Gracias a esa acumulación, cada vez más jóvenes del interior del país acceden a una educación terciaria y gra­tuita, producto del esfuerzo de la Universidad de la Repú­blica y de la UTEC. Esa acumulación positiva también ha permitido que Uruguay sea un país de reglas estables don­de los contratos se cumplen, un país cuyo Estado honra sus compromisos, un país en el cual la estabilidad macro­económica es una política de Estado. Podremos discrepar en los instrumentos para lograr un mayor y mejor reparto de los frutos del trabajo nacional –una política muy rele­vante para nosotros– pero no vamos a ignorar las reglas del funcionamiento de la economía que Uruguay mantiene desde su reinstauración democrática. La acumulación positiva también trasciende fronteras, porque Uruguay es reconocido en el mundo por su voca­ción de paz, por su incansable brega en pos de la solución pacífica de los conflictos y por ser una tierra fraterna y hospitalaria con migrantes de todas las latitudes. Para continuar ese camino será necesario mucho diálogo, mucha mano tendida y la capacidad de comprender las dis­tintas sensibilidades que expresa nuestra comunidad, y no me refiero solo a las sensibilidades partidarias, sino también a las sociales, culturales, geográficas, étnicas, de género, entre otras. No llegamos al Gobierno con la lógica de imponer. Personalmente, me revelo contra ese supuesto país de las dos mitades, donde la mitad que gana recurre al orden y mando, y la otra mitad debe estar poco menos que con­denada a obedecer bajo protesta. ¡Sepan que nunca supe llevarme bien con los muros, tampoco con los ideológicos! No provenimos del clavel del aire, es cierto. Llegamos en representación de un partido político que mantiene, desde hace décadas, principios y valores puestos a prueba incluso en las circunstancias más trágicas. Llegamos también con el mandato ciudadano de cumplir un programa, una orientación específica de gobierno que aspira a revertir los problemas ur­gentes que padecen sectores importantes del pueblo urugua­yo. Pero no llegamos, no volvemos, con la verdad revelada, con la respuesta perfecta a todos los problemas, ni tampoco con el afán de cobrar cuenta alguna. Dijimos y repetimos en la campaña electoral que no llegaríamos al Gobierno con un espíritu refundacional, pero sí con la certeza de que las cau­sas de nuestro pueblo no admiten la menor demora. 

(Aplausos en la sala y en las barras). 

–No comienza un tiempo de refundación, sino uno de nuevas propuestas y de construcción permanente. El país necesita recuperar la senda de crecimiento que permita generar, a partir del desarrollo más intensivo del cono­cimiento y de la inversión, no solo mayor cantidad, sino también calidad de trabajo que permita un piso de digni­dad salarial y, con ello, una mejor distribución del ingreso. Los pilares del Uruguay productivo están sustentados por su pasado, su presente y su futuro: el Uruguay ganadero, que viene de nuestros orígenes; el Uruguay con su sobera­nía y sustentabilidad energética; el Uruguay de la ciencia, la investigación y la innovación como pilares para el desarrollo y su contribución a una economía basada en el conocimiento. El evidente cambio climático nos advierte que debe­mos formular estrategias de desarrollo con un enfoque sostenible y humano respetando los límites de la natu­raleza y garantizando un futuro mejor para las próximas generaciones. La preparación de nuestro país para eventos climáticos extremos es una necesidad ineludible. Este de­safío del presente exige planificación, inversión y compro­miso. Debemos fortalecer nuestra infraestructura, mejorar los sistemas de respuesta y priorizar políticas de mitiga­ción y adaptación para proteger a nuestra gente. En el mis­mo sentido, es imperioso avanzar en un plan nacional de aguas para garantizar el abastecimiento, la producción y la protección de uno de nuestros recursos más valiosos, y desarrollar el riego como una estrategia nacional para agregar valor a nuestra producción. En este contexto hare­mos todos los esfuerzos para ampliar y mejorar la produc­ción de carne, de arroz, de soja, de madera y de celulosa. Trabajaremos para consolidar el agronegocio, a la vez que se fortalece la producción familiar y se protege adecuada­mente a la granja y a la lechería. El sistema científico será garantizado con la creación de una secretaría de ciencia, tecnología e innovación en Presidencia de la República, con el objetivo de consolidar al Uruguay como un referente en este campo y fomentar su desarrollo sostenible a través de su integración en la economía global del conocimiento. Todos estos avances demandarán, invariablemente, diálogos y acuerdos per­manentes entre trabajadores y empresarios, que el Gobier­no impulsará no solo con el fin de que existan mejores re­laciones laborales, sino como mecanismo imprescindible para un desarrollo económico equilibrado. También –todos lo sabemos– necesitamos reconstruir la convivencia entre nosotros, sabiendo que la seguridad constituye uno de nuestros derechos humanos fundamen­tales. No habrá contemplación alguna con el delito ni con la represión del delito, pero bien sabemos que la solución será insuficiente y hasta demagógica si no atendemos de­cididamente las múltiples causantes de la violencia. Sigue intacto nuestro compromiso con la lucha frontal contra el crimen organizado, el narcotráfico y el lavado de activos, y estamos convencidos de que un compromiso de tal mag­nitud solo puede ser asumido con la colaboración y coope­ración entre los países hermanos. Necesitamos reconstruir la matriz de protección so­cial que tanto nos ha identificado y distinguido como país. Carlos Real de Azúa, uno de nuestros principales pensa­dores del siglo XX, hablaba del Uruguay como una so­ciedad amortiguadora, cuya cohesión residía en el acceso, más o menos generalizado, a la educación, a la salud, a la vivienda y al trabajo. Estos tiempos están caracterizados por tramas sociales más complejas, por supuesto, pero hay paradigmas a los que no debemos renunciar y, para esto, se vuelve imperioso colocar todo el peso del Estado en com­batir afrentas dolorosas que nos niegan como sociedad; la primera de ellas, la pobreza infantil. Un país que no cuida a sus niñas, a sus niños, no se cuida a sí mismo. Es inadmi­sible que un país de renta alta como el nuestro tenga a uno de cada cinco de sus niños y adolescentes viviendo bajo la línea de pobreza. Tenemos que garantizar un mínimo de dignidad y lograr que cada niño pueda alimentarse en su casa; tenemos que incentivar la feliz aventura del apren­dizaje asegurando que cuente con las herramientas indis­pensables para comenzar las clases, por ejemplo. Pero bien sabemos que no hay infancias pobres sin adultos pobres y por eso también debemos garantizar el sustento de las familias que tienen a esos menores a cargo, en especial, el de las mujeres jefas de hogar. Hoy también es urgente atender los problemas de salud mental que afectan de manera transversal e intergenera­cional a parte de nuestra población. Debemos atacar esta problemática desde una lógica integral, entendiendo por esto el abordaje desde distintas ópticas: social, sanitaria, cultural y comunitaria. Debemos volver a los territorios con más fuerza, sean estos un centro de salud o un centro educativo; debemos ir al encuentro de aquellos que histó­ricamente quedan olvidados. Queremos aportar a la construcción de mayores espa­cios de libertad, por cierto. Es esta una condición esen­cial de nuestra visión del ser humano, pero cuyo sentido o significado hoy adquiere interpretaciones tan vastas como vacuas. Sobrevuela un concepto de libertad ultraindivi­dualista que predica el predominio del más fuerte. Nunca será esa nuestra noción de libertad. 

(Aplausos en la sala y en las barras). 

–La libertad individual en la que creemos es la clave de la convivencia y de la igualdad de oportunidades en los aspectos esenciales de la vida. ¿Cuánta libertad puede ejercer o gozar un compatriota que tiene que peregrinar semanas por un centro de salud para conseguir sus medi­camentos? ¿Cuán libre es quien padece serios problemas de vivienda o de trabajo? ¿Cuánto lo son las mujeres que se sienten violentadas en las calles o puertas adentro de su hogar? ¿Qué libertad individual plena puede ejercerse en medio de la desigualdad colectiva? La historia comprobó el error u horror de sacrificar la libertad en aras de una supuesta igualdad; no incurramos en la falacia contraria. 

(Aplausos en la sala y en las barras). 

–Queremos encabezar un Gobierno que también se caracterice por el principio de humanidad. El sentido hu­mano será el espíritu con el que se aborden las soluciones a los distintos problemas del país, pero también el modo de ejercer el servicio público, de poner oído ante cada pro­blema o angustia de nuestro pueblo, de entender al que piensa distinto; el sentido humano como el más común de los sentidos de un gobierno. En síntesis, no podemos ser indiferentes ante el dolor de ningún compatriota. Hace doscientos años Uruguay comenzaba a forjar su destino desde aquel primer grito de independencia hasta la república que hoy conocemos. Hoy seguimos escribiendo la historia con el mismo compromiso, porque la democra­cia no es un punto de llegada, sino un camino que se cons­truye día a día, un proceso colectivo que se mide en años, sí, pero también se mide en su capacidad de garantizar me­jores derechos, de generar mayor igualdad y de propiciar una mejor convivencia. El régimen democrático adquiere sentido y perdura en el tiempo si es capaz de asegurar a su gente condiciones esenciales de trabajo, de alimentación, de salud, de seguridad, de recreación y de cultura. En otras palabras, la buena salud de la democracia está íntimamente asociada al logro de ciertos estándares de bienestar. La democracia goza de buena salud también cuando sus gobernantes son trabajadores incansables y nunca pierden de vista por qué y para qué están donde es­tán: es decir, para mejorar la vida de los orientales. 

(Aplausos en la sala y en las barras). 

–No hay otro fin, no hay otra ambición. La única am­bición de este Gobierno está íntimamente ligada a la bús­queda de la pública felicidad. La democracia también goza de buena salud cuando sus instituciones son sólidas, cuando la justicia es igual para todos y cuando se defiende a ultranza el mandato re­publicano de la independencia entre poderes. La democracia goza de buena salud cuando sus ciuda­danos y ciudadanas participan activamente de la construc­ción política de la república, que no se agota en el sufragio. La democracia gozará de una mejor salud el día en que todas las familias uruguayas sepan dónde están sus fami­liares desaparecidos. 

(Aplausos en la sala y en las barras). 

–Honorables visitantes extranjeros: desde un país como el nuestro, enclavado en el sur de América, quere­mos sumar esfuerzos para contribuir con la estabilidad y paz en un mundo cada vez más complejo y cambiante. El avance de las acciones y acuerdos del Mercosur, el reforzamiento de la Celac, la participación cada vez más activa en la OEA, la profundización de la cooperación sur-sur y la multiplicación de acuerdos con los grandes países de referencia de nuestro mundo en forma bilateral o mul­tilateral serán algunas de las banderas que desplegaremos en estos cinco años. Una de nuestras principales responsa­bilidades es que esta región siga siendo un continente de paz, con mayor estabilidad, equilibrio social y económico, y que seamos capaces de un mejor proceso de integración. Hoy hice un juramento que prometo honrar con dedica­ción, con escucha atenta, con fervor y con trabajo incansable. Ese es el compromiso que asumo y que extiendo a cada una de las personas que me acompañarán en este desafío. No seré vacilante ni indiferente. Para algunas causas no hay tiempo que perder y las he colocado entre mis prioridades de Gobier­no. Es tiempo de abrir las puertas a la esperanza con la con­vicción inquebrantable de un país que sabe cuál es su rumbo, con el legado de los que lucharon y nunca bajaron los brazos. Hoy avanzamos con la fuerza del presente y con la mi­rada en el futuro. Vamos a construir un mejor Uruguay. Hoy comenzamos. ¡Larga vida a la república! ¡Larga vida a la democra­cia! ¡Larga vida a los partidos políticos que garantizan el pluralismo y la libertad! Que nuestro país siga siendo un faro de convivencia, de respeto y de desarrollo para todos los uruguayos y uruguayas. Muchas gracias. 

(Aplausos en la sala y en las barras).

Año
2025
Presidente
Orsi, Yamandú