Mujica, José

2010
Señora Presidenta de la Asamblea General hasta hace un minuto, mi querida Lucía; Legisladores y Legisladoras que representan la diversidad de la nación; Presidentes y Presidentas de países amigos que están con nosotros; altos funcionarios destacados para apoyar esta ceremonia; Cuerpo Diplomático; Presidente de la Suprema Corte de Justicia; Comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas; señores ex Presidentes; dirigentes de los partidos políticos del Uruguay, de las principales organizaciones sociales y de las comunidades religiosas; en fin, señores y señoras: a todos los aquí presentes, gracias. Y también gracias a todos ustedes, compatriotas del alma, los que nos acompañan desde sus casas, desde las calles, desde el exterior; gracias. Mis pocos conocimientos jurídicos, extraordinariamente escasos, me impiden dilucidar cuál es el momento exacto en que dejo de ser Presidente electo para transformarme en Presidente a secas. No sé si es ahora, o si es dentro de un rato cuando reciba los símbolos del mando de manos de mi antecesor. Por mi parte, desearía que el título de electo no desapareciera de mi vida de un día para otro. Tiene la virtud de recordarme a cada rato que soy Presidente solo por la voluntad de los electores. "Electo" me advierte que no me distraiga y que recuerde que estoy mandatado para la tarea. No en vano, el otro sobrenombre de los Presidentes es mandatario; primer mandatario, si se quiere, pero mandado por otros, no por sí mismo. Con mejores palabras y más solemnidad, esto es lo que la Constitución establece. La Constitución es un marco, una guía, un contrato, un límite que encuadra a los gobiernos. Ese parece ser su propósito principal. Pero es también un programa que nos ordena cómo comportarnos en cuestiones que tienen que ver con la esencia de la vida social. Por ejemplo, nos manda literalmente evitar que las cárceles sean instrumentos de mortificación; o nos dice no reconocer ninguna diferencia de raza, género o credo. ¡Cuánta deuda tenemos aún con nuestra Constitución! ¡Con qué naturalidad la desobedecemos! No está de más recordarlo hoy, un día en que nos enorgullecemos de estar aplicando las reglas con todo rigor y detalle. Por nuestra parte, pondremos todo nuestro empeño en cumplir los mandatos constitucionales; en cumplir los que aluden a las formas de organización política del país, por supuesto, y también en cumplir los enunciados constitucionales que describen la ética social que la nación quiere darse. Hoy es el día cero, o el día uno de mi Gobierno. Yo agregaría: hoy es un día de cielo abierto; mañana comienzan los pasos hacia el purgatorio. Y para mí, gobernar empieza por crear las condiciones políticas para gobernar. Por si suena como un trabalenguas lo repito: para mí, gobernar empieza por crear las condiciones políticas para gobernar; y gobernar para generar transformaciones hacia el largo plazo es más que nada crear las condiciones para gobernar treinta años, con políticas de Estado. Me gustaría creer que esta de hoy es la sesión inaugural de un gobierno de treinta años; no mío, por supuesto, ni tampoco del Frente Amplio, sino de un sistema de partidos, tan sabio y tan potente que sea capaz de generar túneles herméticos que atraviesen las Presidencias de distintos partidos y que, por allí, por esos túneles, corran intocadas las grandes líneas estratégicas de los grandes asuntos: asuntos como la educación, la infraestructura, la matriz energética o la seguridad ciudadana. Esto no es una reflexión para el bronce ni para la posteridad. Es una formal declaración de intenciones. Me estoy imaginando el proceso político que viene como una serie de encuentros a los que unos llevamos los tornillos y otros llevan las tuercas. Es decir, encuentros a los que todos concurrimos con la actitud de quien está incompleto sin la otra parte. En ese tono se va a desarrollar el próximo Gobierno del Frente Amplio, asistiendo incansablemente a las mesas de negociación, con vocación de acuerdo. Puede ser que el Gobierno tenga más tornillos que nadie, más tornillos que el Partido Nacional, más tornillos que el Partido Colorado y que el Partido Independiente, más que los empresarios y más que los sindicatos. Pero, ¿de qué nos sirven los tornillos sueltos si son incapaces de encontrar sus piezas complementarias en la sociedad? Vamos a buscar así el diálogo, no de buenos ni de mansos, sino porque creemos que esta idea de la complementariedad de las piezas sociales es la que mejor se ajusta a la realidad de hoy. Nos parece que el diagnóstico de concertación y convergencia es más correcto que el de conflicto, y que solo con el diagnóstico correcto se puede encontrar el tratamiento correcto. Miramos la radiografía y lo que vemos adentro de la sociedad son formas convexas y cóncavas negociando el ajuste, porque se necesitan entre sí. Entonces, pensamos que sería contra natura que los representantes políticos de esos retazos sociales nos dedicáramos a separar y no a concertar. En Uruguay todos los partidos políticos son socialmente heterogéneos, pero los partidos tienen fracciones y las fracciones tienen acentos sociales. Pero aun en el caso de las fracciones más específicamente representativas de sectores, el mandato de sus votantes no es el de atropellar ciegamente para conquistar territorio. Hace rato que todos aprendimos que las batallas por el todo o nada son el mejor camino para que nada cambie y para que todo se estanque. Queremos una vida política orientada a la concertación y a la suma, porque de verdad queremos transformar la realidad; de verdad queremos terminar con la indigencia; de verdad queremos que la gente tenga trabajo; de verdad queremos seguridad para la vida cotidiana; de verdad queremos salud y previsión social bien humanas. Nada de esto se consigue, en este país, a los gritos. Basta con mirar a los países que están adelante en estas materias y vamos a ver que la mayor parte de ellos tienen una vida política serena, con poca épica, pocos héroes y pocos villanos; más bien tienen políticos que son honrados artesanos de la construcción. Nosotros queremos transformaciones y avances de verdad. Queremos cambios de esos que se tocan con la mano, que no afectan las estadísticas, sino la vida real de la gente. Estamos convencidos de que para lograrlo se necesita una civilizada convivencia política, y no vamos a ahorrar ningún esfuerzo para alcanzarla. Por supuesto, nada de esto comienza con nosotros. El país tiene hermosas tradiciones de respeto recíproco que vienen de muy atrás, pero es probable que nunca hayamos estado tan cerca de conseguir un cambio cualitativo en la intensidad de esos vínculos entre partidos políticos. Quizás ahora podemos pasar de la tolerancia a la colaboración, de la confrontación controlada a ciertos modos societarios de largo plazo. Con el Frente Amplio en el Gobierno el país ha completado un ciclo. Ahora todos sabemos que los ciudadanos no le extienden cheques en blanco a ningún partido y que los votos hay que ganárselos una y otra vez, en buena ley. Los ciudadanos nos han advertido a todos que ya no son incondicionales de ningún partido, que evalúan y auditan las gestiones, que los que hoy son protagonistas mañana pueden convertirse en actores secundarios. Después de cien años, al fin, ya no hay partidos predestinados a ganar y partidos predestinados a perder. Esa fue la dura lección que los lemas tradicionales recibieron en los últimos años. El país les advirtió que no eran tan diferentes entre sí como pretendían, que sus prácticas y estilos se parecían demasiado, y, tal vez, que se necesitaban nuevos jugadores para que el sistema recuperara su saludable tensión competitiva. Por su parte, el Frente Amplio, eterno desafiante y ahora transitorio campeón, tuvo que aceptar duras lecciones, no ya de los votantes sino de la realidad. Descubrimos que gobernar era bastante más difícil de lo que pensábamos, que los recursos fiscales son finitos y las demandas sociales infinitas; que la burocracia tiene vida propia; que la macroeconomía tiene reglas ingratas pero obligatorias, y hasta tuvimos que aprender, con mucho dolor y con vergüenza, que no toda nuestra gente era inmune a la corrupción. Estos últimos años han sido, entonces, de intenso aprendizaje para todos los actores políticos. Es probable que ahora todos estemos más maduros y, por tanto, listos para pasar a una etapa cualitativamente nueva en el relacionamiento entre las fuerzas políticas. Cada uno con su identidad y sus énfasis ideológicos, sin aflojarle ni a la pulseada ni al control recíproco, pero sí ampliando dos capacidades que estamos lejos de haber llevado al máximo: la sinceridad y la valentía. Más sinceros en nuestro discurso político, llevando lo que decimos un poco más cerca de lo que de verdad pensamos y un poco menos atado a lo que nos conviene, y más valientes para explicarle, cada uno a su propia gente, los límites de nuestras respectivas utopías. Esa sinceridad y esa valentía van a ser necesarias para llevar adelante las políticas de Estado que proyectamos y con las cuales soñamos, tal vez. Para ponernos de acuerdo vamos a tener que rebajar nuestras respectivas posturas y promediarlas con las otras, y esa rebaja implica líos obligatorios con nuestras bases políticas. Ese va a ser un test de valentía. Los temas de Estado deben ser pocos y selectos; deben ser aquellos asuntos en los que pensamos que se juega el destino, la identidad, el rostro futuro de esta sociedad. Sin pretensiones de verdad absoluta, hemos dicho que deberíamos empezar con cuatro asuntos: educación, energía, medio ambiente y seguridad. Permítanme un pequeño subrayado: educación, educación, educación y otra vez educación. Los gobernantes deberíamos ser obligados todas las mañanas a llenar planas, como en la escuela, escribiendo cien veces: "Debo ocuparme de la educación". Porque allí se anticipa el rostro de la sociedad que vendrá. De la educación dependen buena parte de las potencialidades productivas de un país, pero también la futura aptitud de nuestra gente para la convivencia cotidiana. Seguramente, cualquiera de los aquí presentes podría seguir agregando argumentos sobre el carácter prioritario de la educación, pero lo que probablemente nadie pueda contestar con facilidad es: ¿a qué cosas vamos a renunciar para dar recursos a la educación? ¿Qué proyectos vamos a postergar, qué retribuciones vamos a negar, qué obras dejarán de hacerse? ¿Con cuántos "No" habrá que pagar el gran "Sí" a la educación? Ningún partido querrá quedar en soledad para hacerse responsable de todo ese desgaste. Tendremos que hacerlo juntos, decidirlo juntos y, por supuesto, poner el pecho juntos. Este es el significado de las políticas de Estado. Sus consecuencias no deben beneficiar ni perjudicar a ningún partido en particular. Me pregunto: ¿estamos dispuestos a hacerlo? Si no lo estamos, todas nuestras grandes declaraciones de amor por la educación no serán más que palabras de discurso político. También hemos sugerido que los temas de infraestructura de energía sean separados de la agenda gubernamental corriente y tratados en común por todos los partidos. La energía es un asunto lleno de complicaciones técnicas. Implica complejos pronósticos sobre el stock de recursos no renovables, como los hidrocarburos. Pero también implica casi adivinanzas sobre lo que nos traerá el desarrollo tecnológico de la energía solar o de la energía eólica, e implica cálculos, de resultados todavía inciertos, sobre la conveniencia de hacer agricultura de alimentos o agricultura para producir biocombustibles. Pero después que todos los ingenieros y todos los adivinadores del futuro den su veredicto, la política tendrá que ocuparse de las definiciones estratégicas en temas en los que la opinión social va a estar dividida. El más notorio de esos temas es el uso de la energía nuclear para generar electricidad. Otro es el de cuánto estamos dispuestos a pagar para apoyar las energías renovables que no son económicamente rentables, incluidos los biocombustibles. En estos temas, tan imprevisibles, el aumento de la base de sustento político no garantiza que se tomen decisiones óptimas, pero sí asegura que los rumbos elegidos no serán modificados sobre la marcha. En materia energética no se puede avanzar en zigzag, porque pueden pasar décadas entre el momento en que un proyecto comienza a andar y el momento en que empieza a producir. También hemos reservado las estrategias de medio ambiente para ser tratadas en régimen de políticas de Estado. Hoy, la comunidad internacional nos pide que nos pensemos a nosotros mismos como miembros de una especie cuyo hábitat está cada vez más amenazado. Hace años que el país ha incorporado una fuerte conciencia sobre el tema, ha legislado con bastante sabiduría y ha operado con decisión y transparencia. Pero la tensión entre el cuidado del medio ambiente y la expansión productiva va a ir en aumento. Vamos a estar cada vez más tironeados entre las promesas de la explosión agrícola y las amenazas asociadas al uso intensivo de elementos como los agroquímicos, etcétera; para no hablar de asuntos más complejos como las incógnitas vinculadas a la modificación genética de las especies vegetales. Hasta nuestras pobres vacas, con sus emisiones de gas, son un enorme tema de discusión medioambiental en el mundo, o de otras yerbas, y un viejo adversario que de vez en cuando cambia de ropaje.Sobre todos estos asuntos ya empiezan a escucharse algunos tambores de guerra, afortunadamente de guerra conceptual, entre los partidarios de la producción a rajatabla y los preservacionistas a toda costa. El Estado deberá arbitrar y tomar las mejores decisiones. Sean las que sean, deberán tener un ancho respaldo político para que tengan toda la legitimidad posible y puedan sostenerse en el tiempo contra viento y marea. Aquí, de nuevo, el sistema político tendrá que ser sincero y valiente, porque para cuidar el medio ambiente habrá que renunciar a algunas promesas productivas o, al revés, para sostener la producción habrá que rebajar la ambición de una naturaleza intocada. Nos jugamos mucho en todo esto; tenemos que decidirlo entre todos y después enfrentar las consecuencias entre todos. La seguridad ciudadana es el último tema que estamos proponiendo abordar, de inmediato, en régimen de política de estado. No lo incluiríamos si solo se tratara de mejorar la lucha contra una aumentada delincuencia tradicional. Creemos que no solo estamos frente a un escenario de números crecientes, sino ante transformaciones cualitativas. Ahora tenemos drogas como la pasta base, de muy bajo costo, que no solo destruyen al adicto sino que lo inducen a la violencia. Y tenemos mafias enriquecidas, con amplia capacidad de generar corrupción en todas partes. Además, tenemos operadores del narcotráfico internacional que usan el país para el tránsito, la distribución y el lavado de dinero. Aún somos una sociedad tranquila y relativamente segura en el contexto de este continente, sin vueltas. Pero lo peor que podríamos hacer es subestimar la amenaza. La sociedad ha levantado el asunto a los primeros lugares de la agenda pública y desde el sistema político tenemos que responder sin demora y a fondo. Educación, energía, medio ambiente y seguridad son los temas para los que deberíamos definir estrategias orientadas al largo plazo, y luego arroparlas, protegerlas del vaivén político, para que puedan proyectarse en el tiempo y consumar sus efectos. Para todo lo demás necesitamos que la política discurra en sus formas naturales, es decir, el Gobierno en el gobierno y la oposición en la oposición, con respeto recíproco, pero cada uno en su lugar. Como Gobierno nos corresponde la iniciativa para trazar el mapa de ruta. Aquí vamos. Lo que hoy comienza se define a sí mismo, entusiastamente, como un segundo Gobierno. Ya dijimos en la campaña que nuestro programa se resume en dos palabras: "Más de lo mismo". En primer lugar, vamos a dar al país cinco años más de manejo profesional de la economía, para que la gente pueda trabajar tranquila e invertir tranquila. Una macroeconomía prolija es un prerrequisito para todo lo demás. Seremos serios en la administración del gasto, serios en el manejo de los déficit, serios en la política monetaria y más que serios, perros, en la vigilancia del sistema financiero. Permítanme decirlo de una manera provocativa: vamos a ser ortodoxos, casi, en la macroeconomía. Y lo vamos a compensar largamente siendo heterodoxos, innovadores y atrevidos en otros aspectos. En particular, vamos a tener un Estado activo en el estímulo a lo que hemos llamado el país agrointeligente. El agro uruguayo está viviendo una revolución tecnológica y empresarial, creciendo muy por encima del resto del país. Los problemas hoy son otros: la sustentabilidad del suelo y la incorporación masiva del riego como factor de producción y, sobre todo, de mitigación ante las frecuentes sequías. Los proyectos de fuentes de agua que involucran predios de diferente propiedad o multiprediales -como se dice en la jerga- marcan una época y es un deber darles el máximo apoyo. Las políticas de reserva y de seguros son exigencias de la adaptación al cambio climático. La investigación, la recreación genética, la alta especialización en las ramas biológicas que nutren el trabajo agrícola de toda esta región, definible como último reservorio alimentario de la humanidad, son para nosotros el capítulo central de una especialización que hemos dado en llamar "el país agrointeligente". Queremos que la tierra nos dé uno, y a ese uno agregarle diez de trabajo inteligente, para al final tener un valor de once, verdadero, competitivo y exportable. No vamos a inventar nada; vamos, con humildad, detrás del ejemplo de otros países pequeños como Nueva Zelanda o Dinamarca. Si el país fuera una ecuación, diría que la fórmula a intentar sería: agro, más inteligencia, más turismo, más logística regional, y punto. Esta es nuestra gran ilusión. Permítannos soñar. A mi juicio, esa es la única gran ilusión disponible para el país. Por eso no vamos a esperar de brazos cruzados que nos la traiga el destino o el mercado. Vamos a salir a buscarla con decisión pero también con seriedad, apoyando solo aquellas actividades que, una vez maduras, tengan verdadera chance de subsistir por sí mismas. No queremos repetir errores del pasado. En particular, no queremos que nos vuelva a pasar lo que ocurrió entre los años cincuenta y setenta, cuando la sociedad, tal vez con buena intención, desperdició enormes recursos en la quimera de industrias imposibles. Ya una vez quisimos ser autárquicos y producirlo todo fronteras adentro. Nos fue mal; bastante mal. Sería criminal no aprender de aquellos dolores y volver a una economía enjaulada y cerrada al mundo. Somos muy pequeños. Y si vamos a ser proactivos en ciertas dimensiones de la economía productiva seremos el doble de proactivos en la búsqueda de una mayor equidad social. ¡Eso sí: no vamos a esperarlo sentados! Ahí sí que no tenemos paciencia para esperar que la prosperidad resuelva las cosas por sí misma. Tal como hizo el Gobierno que termina, vamos a llevar el gasto social a lo máximo posible y vamos a sostener y a profundizar los múltiples programas solidarios emprendidos en los últimos cinco años. Ya bajamos la indigencia a la mitad, pero aún queda un 2% de población en esa triste situación. El objetivo es terminar con esa vergüenza nacional y que hasta el último de los habitantes del país tenga sus necesidades básicas satisfechas, en los términos definidos por Naciones Unidas. Pero con saciar las necesidades básicas hacemos muy poco. Hoy, después de años de prosperidad y de esfuerzo solidario, uno de cada cinco uruguayos sigue en condiciones de pobreza. Aun si al país como conjunto le sigue yendo bien estamos amenazados con convertirnos en una sociedad que avanza a dos velocidades: unos recogen los frutos de un crecimiento acelerado; otros, por retraso cultural y marginación, apenas los contemplan. No es justo, pero, además, es peligroso, porque no queremos un país que se luzca en las estadísticas, sino un país que sea bueno para vivir. Y no será bueno si la prosperidad y el bienestar de una familia se tienen que disfrutar con muros o alambres de púa. De nuevo: para enfrentar la pobreza, la educación es la gran fuente de esperanzas. La escuela y sus maestros son el ariete principal que hemos de usar para integrar a aquellos a los que las penurias dejaron al costado. El combate a la pobreza dura tiene mucho de acción formativa en la niñez y también en la adolescencia. A la cabeza de todas las prioridades va a estar la masificación de las escuelas de tiempo completo, seguido por el fortalecimiento de la Universidad del Trabajo y el sostén de esa maravilla que es el Plan Ceibal. Ya tenemos una computadora por niño y por maestro; ahora vamos por una computadora por adolescente y por profesor, y por conexión a Internet en todos los hogares del Uruguay. Si la educación es la vacuna contra la pobreza del futuro, la vivienda es el remedio urgente para la pobreza de hoy. En primera instancia, desplegaremos un abanico de iniciativas solidarias con quienes habitan en viviendas carenciadas, dentro y fuera de los recursos presupuestales. Apelaremos al esfuerzo social. Vamos a demostrar que la sociedad tiene otras reservas de solidaridad que no están en el Estado. Me niego al escepticismo; sé que todos podemos hacer algo por los demás y nos lo vamos a demostrar. ¡Van a ver! Van a aparecer materiales, dinero, cabezas profesionales y brazos generosos. ¡Les apuesto a los escépticos que sí! No quiero olvidarme de nuestros pobres de uniforme. Las Fuerzas Armadas, llenas de pobres, van a ser parte del Plan de Emergencia Habitacional y vamos a movernos rápido para aliviar en algo la penuria salarial que las aflige. Señores: el pasado no es excusa para que hoy no nos demos cuenta de que una patria de todos incluye a estos soldados. Nuestro reconocimiento para aquellos compatriotas militares que sirven en Haití y han demostrado una admirable entereza y eficiencia solidaria. En estos años el Uruguay ha cambiado mucho, y nadie discute que ha cambiado para bien. Allí están los números económicos y sociales, de todos los colores. Pero hay un cambio menos visible, imposible de cuantificar pero, a mi juicio, de gran importancia: el cambio en la autoestima, el cambio en la manera en que nos percibimos a nosotros mismos y a los horizontes posibles. Nuestros modestos éxitos nos han hecho más ambiciosos y mucho más inconformistas. Hasta cierto punto, ¡bienvenido el inconformismo! ¡Bienvenido el cuestionamiento de viejas certezas! Y en esta línea, ¡bienvenido el profundo cuestionamiento al Estado uruguayo! Del Estado hacia adentro, como estructura, como organización, como prestador de servicios. El Uruguay se mantuvo al margen de los vientos privatizadores de los años noventa. Es más: la sociedad recibió propuestas, las consideró y las rechazó explícitamente. Estuvimos entre los abanderados de ese rechazo, y no nos arrepentimos. Pero el respaldo de los ciudadanos fue a un modo de propiedad social, no a un modo de gestión de la cosa pública, y menos a sus resultados. Es probable que aquellos eventos y estas confusiones hayan postergado demasiado la discusión franca sobre el Estado, sobre los recursos que consume y sobre la calidad de los servicios que presta. Hoy, una revisión profunda es impostergable. Necesitamos evaluaciones serias, imparciales y profundas. Necesitamos números y comparaciones. Y con todo eso a la vista tenemos que rediseñar el Estado. Todos sabemos que puede ser más eficiente y más barato. Esta reforma no va a ser contra los funcionarios, sino con los funcionarios, o no se hará. Pero tampoco vale hacerse el distraído: el 80% de la eficacia del Estado se juega en el desempeño de los funcionarios públicos. La sociedad uruguaya ha sido benévola con algunos de sus servidores públicos y casi cruel con otros. Ha permitido que funciones sencillas, que no requieren esfuerzo ni preparación desmedida, en algunas oficinas se paguen siete, ocho veces más de lo que recibe quien realiza un trabajo imprescindible y duro, como un policía o un maestro rural. Cuando estas asimetrías duran un tiempo pueden considerarse errores o desaciertos; cuando duran décadas, más bien parecen manifestaciones de una sociedad que se va volviendo cínica. Del mismo modo, la sociedad uruguaya ha protegido a sus servidores públicos mucho más que a sus trabajadores privados. Recordemos que en la crisis de los años 2002 y 2003 casi doscientas mil personas perdieron sus trabajos. Se estima que otras doscientas mil sufrieron rebajas en sus salarios, y todos, todos, fueron trabajadores privados. Como bien ha dicho el Presidente Tabaré, esta es la madre de todas las reformas. No deberíamos permitir que esa madre siga esperando. Compatriotas: ¿en qué mundo vivimos? Amigos que han venido del exterior: ¿en qué mundo vivimos? No está fácil de saber; me gustaría preguntárselo. Sin duda, quienes tienen mucho mundo me atrevería a decir que no van a poder darme una respuesta simple. ¿Verdad que no? El mundo está cambiando a cada rato y, lo que es peor, a cada rato está cambiando la teoría de cómo se construye un mundo mejor. Todavía no acabamos de padecer las consecuencias de la crisis planetaria con que nos obsequió el sistema financiero en la cumbre del mundo. Descubrimos que habían creado un universo de burbuja y de casino, pero que desde allí no solo se jugaba a la ruleta sino que se podía golpear al mundo productivo real. Durante la crisis, para rescatar lo que quedaba en pie se rompieron dogmas que parecían sagrados; se decretó la muerte de los paradigmas vigentes y se volvió a la política como un refugio de esperanza. Hoy, ante los desafíos no previsibles de la realidad, casi todos pensamos que ningún camino puede descartarse a priori, ninguna experiencia desconocerse, ninguna fórmula archivarse para siempre; solo el dogmatismo ha quedado sepultado. No está fácil navegar. Las brújulas ya no están seguras de dónde quedan los puntos cardinales. Así que mirando las estrellas nos quedan algunas pocas certezas para orientarnos. Primero, que en el mundo ya no hay un centro sino varios y que la globalización es un hecho irreversible. Por todos lados, los humanos anudamos nuestro destino y nos hacemos mutuamente dependientes, nos demos cuenta o no. La idea de cerrarse al mundo quedó obsoleta pero, a su vez, el proteccionismo sigue vivito y coleando, y a menudo es protagonizado por unidades de tamaño continental. Los latinoamericanos, un poco a los tumbos, venimos intentando construir mercados más grandes. ¡Pero cómo nos cuesta! Somos una familia balcanizada, que quiere juntarse pero no puede. Hicimos, tal vez, muchos hermosos países, pero seguimos fracasando en hacer la Patria Grande; por lo menos hasta ahora. Nosotros no perdemos la esperanza, porque aún están vivos los sentimientos: desde el río Bravo a las Malvinas vive una sola nación: la nación latinoamericana. Dentro de nuestro hogar latinoamericano tenemos un dormitorio que compartimos y que se llama MERCOSUR. ¡Ay, MERCOSUR! ¡Cuánto amor y cuánto enojo suscita! Pero hoy estamos en público y no es el momento de hablar de los temas de alcoba. (Hilaridad) -Solo déjenme afirmar que, para nosotros, el MERCOSUR es "hasta que la muerte nos separe"... (Aplausos en la Sala y en la Barra) ...y que esperamos una actitud recíproca de nuestros socios mayores. Deseamos que el Bicentenario nos encuentre con un Río de la Plata más angosto, despejados todos los caminos y los cielos que nos unen. He reservado para el final la más grata de todas las tareas: saludar la presencia de quienes han venido a acompañarnos desde el exterior, especialmente de aquellos que han venido desde muy lejos, casi inesperadamente. Muchas gracias. Años atrás hubiéramos considerado estas visitas como un valioso gesto diplomático, una cortesía de país a país. Creo que en los últimos tiempos estas presencias tienen un significado mucho más intenso y mucho más político. Siento que al estar aquí, ustedes expresan el respaldo a los procesos democráticos de renovación del poder; se hacen testigos de la celebración. La democracia no es perfecta; hay que seguir luchando por mejorarla. Ya sabíamos del afecto, pero nos gusta más sentirlo en la presencia física de todos ustedes; sentirlo cara a cara y también corresponderlo cara a cara. Esto es así para el afecto entre la gente y para el afecto entre los países. Los hombres no somos solo ideas, somos sentimientos. Quererse de cerca debería estar recomendado en las academias de diplomacia. Así que, amigos del mundo aquí presentes, reciban el agradecimiento del Uruguay entero. Somos un país admirable para vivir, pequeño, sin multitudes, sin megalópolis, con Ministros que caminan por las calles sin escolta de cuidado. Somos un país que ama los fines de semana largos... (Hilaridad) ...tanto como la libertad. Y estamos esperando, no solo turistas sino mucha gente que venga a residir, porque este es un país ¡donde vale la pena vivir! Así que, amigos del mundo aquí presentes, reciban ese agradecimiento, y sepan que no solo estamos honrados por su presencia; estamos contentos de tenerlos aquí y hasta diría que conmovidos, muy particularmente este viejo luchador. Para terminar, déjenme llegar al borde de la exageración y decir que este Gobierno que empieza no lo ganamos sino que en gran parte lo heredamos, porque la principal razón de nuestra llegada a la Presidencia es el éxito logrado por el primer Gobierno del Frente Amplio, encabezado por el doctor Tabaré Vázquez. (Aplausos en la Sala y en la Barra) Él y sus equipos han hecho un gran trabajo. Tal vez como país hemos tenido suerte; deseo que la sigamos teniendo, pero a la suerte hay que ayudarla. Nosotros vamos a seguir en todo lo posible por ese camino, construyendo una patria para todos y con todos, absolutamente con todos. Muchas gracias.