Berreta, Tomás

1947
En el manifiesto que como candidato a la Presidencia de la República dirigiera al país expuse mis propósitos con claridad y detenimiento; hoy enaltecido por la consagración del sufragio popular, los ratificó, afirmándome en la decisión de poner todas mis energías en conseguir su realización. Estas circunstancias harían obvia su reiteración ante la Asamblea General, entendiendo que en la solemnidad de esta ceremonia, más que el aditamento o desarrollo del programa enunciado, lo que cabe es la exposición leal de la actitud de conciencia con que fuera concebido y con que me dispongo a cumplirlo. La ciudadanía, en elecciones libres , que acreditan una vez más la austeridad democrática del Presidente Amézaga, al transferirme el máximo honor me ha impuesto también máximas obligaciones, a las que trataré de responder, sin apartarme y sin consentir que nadie se aparte de los deberes y derechos constitucionales. He sido y soy un hombre de acción y de partido que no ha rehuido la lucha, sino que la contrario se ha entregado a ella con ardorosa sinceridad. Pienso seguir luchando hasta el límite de mis fuerzas, pero comprendo que debo librar mi espíritu de ofuscaciones, encarando con amplitud y ecuanimidad las severas responsabilidades que el mandato de la soberanía comporta. Puedo asegurar que no traigo pasiones ni me mueven sensualidades sino el afán de honrar con una labor inspirado en el bien colectivo a una Democracia que, afirmando su autenticidad, me ha honrado de modo singular al elevarme desde los planos sociales más humildes a la Primera Magistratura del País. No soy más que un hombre de trabajo que ama a su Patria y tiene fe en sus destinos. Hacerla grande es noble ambición pero es también empresa que desborda la capacidad de un gobernante y aún de una generación. Y mi mayor anhelo es el de que, al cabo de mi mandato y al reintegrarme al seno del pueblo, pueda hacerlo con la tranquilidad de haber cumplido con mi deber, y, a lo más, que los que vengan después y nos juzguen puedan decir que se trabajó con honrado empeño por el progreso común. Nuestro país es un de los más pequeños de América, considerado en su área territorial; pero es grande por espíritu de libertad, por su afán de superación social, por su sentido de la democracia. Si por algo otros pueblos nos quieren y hasta nos admiran, es por eso precisamente. He recibido estos días, a lo largo de mi viaje, demostraciones altamente expresivas, a las que se agrega hora la prestancia singular de las misiones de cuarenta países que asisten a la transmisión de mando. Estos homenajes no están dirigidos a un hombre modesto, aunque él haya sido investido de una alta representación, sino a nuestro pueblo que, no obstante su exigüidad demográfica, tiene un indudable gravitación moral. Conservar y acrecentar ese patrimonio es nuestra aspiración y nuestro deber. Para ello, sin cerrarnos a ninguna influencia mejoradora que venga de afuera, pero procurando extraer en lo posible de nuestra propia experiencia los materiales necesarios para la obra, tenemos que ir perfeccionando nuestros institutos sociales de modo que cada hombre pueda gozar de un nivel de vida suficiente en lo físico y en lo espiritual. Estas conquistas, para ser efectivas y duraderas, tienen que estar basadas en una economía próspera. Hay que asegurar una cada día mayor justicia distributiva pero, si no se crean riquezas, la equidad de la distribución no será más que ilusoria. Para hacerla real superar las dificultades propias de un período universal de escasez y abrir cauces nuevos al progreso en todos los órdenes de la vida, se impone la necesidad de incrementar la producción. Acabo de regresar de los Estados Unidos de Norte América. Además del vehemente deseo de conocer este extraordinario país, sus grandes adelantos y sus grandes hombres, un sólo móvil me condujo, el de obtener el apoyo de su gobierno para que se nos vendieran máquinas. Lo que necesitamos, expresé, seguro de contar con el consenso de la opinión de mis compatriotas, no son ayudas financieras o de otra naturaleza; lo que necesitamos son herramientas para aumentar el rendimiento del trabajo y labrar con él nuestro bienestar, contribuyendo, en la proporción de nuestras posibilidades, al esfuerzo reconstructivo del mundo. Dentro de este orden de preocupaciones haré cuanto esté de mi parte, promoviendo y protegiendo el desarrollo de las actividades útiles, agrarias e industriales. Espero contar para ello con la colaboración del Parlamento, como éste habrá de contar con la del Poder Ejecutivo, Y espero algo más, ya que el proceso económico se desenvuelve en gran parte al margen de la acción estatal, y es que las energías del país, representadas en este aspecto por las clases laboriosas, se apliquen a esta obra con potencia y confianza renovadas. La gestión gubernativa está condicionada por factores externo vinculados a los sucesos universales a cuyo curso no podemos sustraernos, y, por circunstancias internas, en cuyo proceso cabe una mayor intervención. A este último respecto, la bondad de la gestión no depende de la voluntad del Presidente y la aptitud de los Ministros. Dentro de nuestra estructura institucional, el Parlamento tiene una acción y responsabilidad paralelas y la eficacia de la obra de gobierno está fundada en la concurrencia armónica de propósitos y esfuerzos constructivos. En lograrla pondré mi empeño decidido, esperando reciprocidad y confiando en que, por encima de las diferencias que acusa la posición de cada sector, habrá de prevalecer el designio superior de servir los intereses nacionales. No se me oculta que los horizontes del mundo no están totalmente despechados; que perturbaciones de orden político, social y económico lo siguen agitando, y que es imposible prever los acontecimientos que nos esperan. Si ellos son favorables, como lo deseamos fervientemente, el camino de nuestra obra será allanado; pero si fueran adversos, un deber ineludible habrá de imponerse a la conciencia de todos: el deber de hacer más estrecha y más firme la solidaridad en el resguardo de los bienes comunes.