Amezaga, Juan José

1943
Señor Presidente de la Asamblea General; señores Senadores; señores Diputados: En el día de hoy la República inicia un nuevo período de su historia constitucional. La inmensa mayoría de mis conciudadanos, animada por un franco y entusiasta optimismo aguarda con explicables esperanzas la aplicación de las nuevas reglas fundamentales del derecho público nacional. Yo comparto el optimismo y las esperanzas populares porque las ideas y sentimientos arraigados en la conciencia colectiva de la nación son la fuerza espiritual indispensable para asegurar la vida de todo régimen político. Lo esencial en la compleja armonía de los textos de la ley positiva, que en las energías morales que los inspiran, que los tutelan, que los animan, y que los protegen contra las desviaciones de aquellos que pretenden anteponer condenables aspiraciones de predominio o móviles interesados, a los principios de la conducta recta. He colaborado activamente en la preparación de los nuevos textos constitucionales que empiezan a regirnos. Tengo confianza en ellos, como la tiene el pueblo que los aprobó con abrumadora mayoría, por considerarlos fiel expresión de las aspiraciones de justicia y segura garantía de la libertad política y de los derechos individuales. El tiempo rectificará y perfeccionará nuestra obra. El derecho se realiza por etapas, es el fruto de una lucha continua y sin descanso que en tiempos pasados prohibió a los hombres hacer mal a los semejantes, que luego los obligó a dar a cada uno lo que legítimamente le pertenecía, y que en nuestra época reclama como obligación jurídica lo que antes sólo se aconsejaba como caridad. La guerra actual representa en la historia de la humanidad una de las etapas más crueles y sangrientas en la lucha por el derecho. Los hombres libres ofrecen vidas y patrimonios para conjurar el peligro de la más atroz e inicua de las esclavitudes. Formamos parte de la retaguardia del inmenso ejército de la humanidad que se defiende en una lucha de vida o muerte para la civilización y es natural que debemos soportar estoicamente los sacrificios que exija la defensa común. Procuremos alcanzar la paz internacional destruyendo de raíz a los que atentan contra el derecho, y no olvidemos dentro de nuestra patria que la humanidad no puede vivir en una sociedad fundada sobre la injusticia. Sólo por hipocresía o por timidez podríamos disimular las graves deficiencias jurídicas y morales que afectan la organización de las democracias contemporáneas. No se trata de despojar a nadie, ni de imponer soluciones por la violencia, porque nunca las iniquidades del despojo, ni las arbitrariedades sirvieron para fundar nada sólido. Aportemos nuestro concurso en la lucha por el derecho que nos obliga a socorrer a los hombres y a las naciones que necesiten ayuda. Hagamos obra de justicia reparadora y distributiva. Los horrores de la guerra externa no han llegado a nuestras cabezas. Nadie piensa en guerras civiles ni en reivindicaciones sociales por medio de la fuerza. Es la hora de meditación tranquila que deben aprovechar principalmente los favorecidos por la fortuna. Si son cristianos, recuerden la sentencia condenatoria de Jesús para el egoísmo de los ricos, y si no lo son abran sus corazones y piensen en los que padecen los sufrimientos de la miseria y en los peligros materiales que se cernirán sobre aquellos que abusen de una situación política y económica de privilegio. La injusticia que no se corrige provoca tarde o temprano reacciones incontenibles que pasan sobre los pueblos como cometas sociales, dejando estelas que, por desgracia, no son siempre luminosas. Recordemos todos que los tiempos no son favorables a los egoísmos, que los días que vivimos imponen sacrificios que aceptaremos de buen grado porque nuestros hogares están tutelados por el derecho, nuestros bienes no sufren la acción devastadora de los enemigos, nuestros árboles, nuestros rodeos, nuestras cosechas, sienten, es cierto, los rudos castigos de las leyes de la naturaleza, pero, están a cubierto de las destrucciones intencionales de los hombres. Recordemos que nuestras familias nuestras propiedades, nuestras leyes de libertad, nuestra legislación civil, nuestras creencias, nuestros ateneos, nuestras universidades, nuestros atrios electorales, nuestros templos, en una palabra, nuestras libertades, se hallan más seguras y más inviolables que nunca. Las recientes elecciones nos han demostrado que nuestro pueblo es justo y es razonable, y que repudia todos los extremos. No perdamos la oportunidad de asegurar la paz social, la paz interna y juremos aproximarnos, sin suspicacias y sin prevenciones, para dar a todos los habitantes de la República, lo que con razón y con justicia reclaman. Los fuertes económicamente, que disfrutan del amplio amparo que les presta la organización social reconocerán que las contribuciones que se les exijan son una insignificante prima que paga la seguridad y tranquilidad que se les brinda. La inteligencia y los sentimientos humanitarios aconsejan aceptar los nuevos rumbos que traza la justicia social no como un imperativo absoluto, sino como un imperativo de persuasión que es exponente del interés bien entendido y realización práctica del ideal moral que nos obliga a considerar que el hombre dondequiera que se encuentre y sean cuales fueren las circunstancias en que se halle es siempre un fin y nunca un medio. Con razón Clarín, prolongando la obra magistral de Ihering, dijo que el proceso jurídico se realiza en oposición con la ignorancia, con la inexperiencia, con los intereses que el derecho necesita contrariar, pues el derecho camina como el carro de la Deidad India sobre las entrañas de la víctima que es necesario sacrificar, camina sobre las injusticias de la tierra. El cincel del Legislador o del Jurisconsulto trabaja en la carne viva; todo derecho que se logra mata algo que debe morir, pero que defiende hasta el último aliento el que vive de lo injusto. Nuestros conciudadanos fundan su optimismo en la confianza que les inspiran los hombres llamados a integrar los Poderes del Estado, en los principios de nuestra organización republicana y en la fuerza moral que anima a un pueblo que reclama leyes justas que protejan el trabajo, sin despojos y sin agravios para nadie. El contrato de trabajo no puede subsistir como contrato de adhesión en el que predomina la voluntad de una de las partes. La reglamentación del contrato colectivo, la creación de tribunales o juntas de salarios, la extensión y ampliación de los servicios de asistencia, el mejoramiento de la habitación de los obreros y el perfeccionamiento de las leyes de previsión a fin de que el hombre viva sin angustias teniendo cubierto todos los riesgos que afecten a su persona y el rendimiento de su trabajo, constituyen un vasto panorama que exigirá una estrecha cooperación del Poder Ejecutivo con el Parlamento. Industria, trabajo y economía nacional, representan intereses asociados y solidarios. El Estado deberá organizar su política económica atendiendo a esta armonía de intereses para regular las tarifas de importación, los gravámenes internos y los regímenes cambiarios. Con todo, hay algo que la democracia debe cuidar mucho más que los intereses materiales. Me refiero al patrimonio moral del pueblo. He puntualizado durante la propaganda electoral, previa a los comicios de noviembre, que es menester perfeccionar nuestras enseñanzas primaria, secundaria e industrial, procurando coordinarlas a fin de descubrir y estimular las preferencias vocacionales de los alumnos. Ahora quiero referirme a la atención que deben prestar los Poderes del Estado a la conservación y a la recuperación de los valores morales que son la base sobre la cual descansa toda la organización social. La moral individual, la moral colectiva y la moral de los funcionarios no puede descuidarla ninguna nación, y menos un país como el nuestro, que explota como monopolio fiscales el juego y la fabricación y venta de alcoholes. En un principio, se explicó el monopolio del juego como la reglamentación de un vicio inevitable e incontenible. Pero, poco a poco, lo que fue una reglamentación del mal se va convirtiendo en escuela del vicio y lo que se justificó como recurso que se substraía a la explotación que hacían personas de los bajos fondos de la sociedad, se convierte en justificación del juego. Se va olvidando, día por día que el juego es moralmente condenable, que es un mal social y no faltan quienes creen que el Jordán de la ley que suprimió las sanciones penales para el vicio, ha purificado el acto condenable y dado absolución definitiva y absoluta a los tahures. Altos funcionarios juegan con frecuencia con sus subalternos sin darse cuenta que conspiran contra la rectitud administrativa. Es el mal ejemplo, es la piedra que al caer en la superficie tranquila del estanque deja de inmediato un círculo que da nacimiento a su vez a una segunda onda y ésta a una tercera y ésta a otras muchas sucesivamente, unas grandes que rodean las primeras y a la vez la primera se agranda y se extiende como si quisiera alcanzar a la segunda y así sucesivamente. Así se extienden también las costumbres perniciosas y las ondas sociales del mal perturban al fin la organización administrativa y la conciencia colectiva del pueblo. El alcoholismo se extiende igualmente en nuestro ambiente como verdadera plaga social destruyendo la salud del hombre, perjudicando la integridad física de los hijos, desintegrando las funciones de la inteligencia y corrompiendo la moral. La democracia descansa sobre las virtudes de los ciudadanos que la integran y estoy seguro de que no me faltará la cooperación del Congreso, para combatir la propagación del juego y del alcoholismo y para fortalecer los principios de rectitud moral tanto en la vida individual, como en la función administrativa. La conducta privada se refleja sobre la vida de los funcionarios para prestigiarlos en su carrera ascendente o para crearles ambientes desfavorables o de desconfianza. La función pública exige dedicación, desinterés y estudio. La antigüedad por sí sola no basta para fundar promociones. Debe estar acompañada por la dedicación al trabajo , por la rectitud de procederes y por la capacidad para la función. Por esta razón la Constitución de la República ha establecido que el funcionario se debe a la función y no la función al funcionario. Los funcionarios encontrarán en el Poder Ejecutivo amplio y seguro amparo para sus derechos, pero encontrarán también, mano firme para reprimir los delitos, lo abusos, la falta de atención a sus deberes y la conducta desarreglada. Será inflexible para mantener la moral dentro de la Administración Pública, y ninguna influencia política o de amistad evitará o atenuará la aplicación de las sanciones penales o administrativas que corresponda aplicar en los casos de delitos o faltas de servicio. La jerarquía y la disciplina administrativa se fundan sobre la autoridad de la ley, pero se prestigian y se mantienen mediante la conducta moral de los superiores. Los frutos del mal maduran pronto, y si naciera en nuestro ambiente la planta capaz de producirlos no debe vacilarse en destruirla, sea cual sea la firmeza y profundidad de sus raíces. La conciencia de los pueblos exige a los funcionarios y a los gestores del patrimonio del Estado, no sólo la mayor honradez de procederes, sino también una conducta que refleje esa honradez en las apariencias, en los actos ostensibles, que son los únicos que pueden ser objeto de una percepción exterior, y que, por esa razón, constituyen la base fundamental del crédito, indispensable para el funcionamiento normal de los órganos administrativos. En la nueva Constitución del Poder Ejecutivo tendrá a su cargo la dirección del progreso nacional en estrecha colaboración con la opinión pública expresada por la mayoría parlamentaria. El Presidente adjudicará los Ministerios entre ciudadanos, que, por contar con el apoyo parlamentario aseguren su permanencia en el cargo. No tendrá, por consiguiente, la facultad que ha tenido antes que ahora de designar y destituir Ministros sin atención a las opiniones y directivas de los sectores de ambas Cámaras y los Ministros han dejado de ser simples Secretarios de Estado para convertirse en parte integrante y responsable del Poder Ejecutivo. Aparece aquí la característica del sistema parlamentario: el Congreso no se limitará a su función legislativa, y se convertirá en órgano de contralor de la gestión de gobierno del Presidente de la República. Este contralor es una consecuencia directa de la idea democrática. La noción de contralor supone que la iniciativa corresponde al contraloreado. El contralor no es una sustitución de poderes, ni encierra una superioridad jerárquica. El contralor se ejercerá "a posteriori". El Gobierno seguirá su política propia inspirándose sólo en su conciencia y en los intereses del país. Y sólo cuando esta política se manifiesta por actos, cae bajo la vigilancia y apreciación del Parlamento. Es el Gobierno que dirige la política general -es el Gobierno el que gobierna- es el Gobierno que asume la responsabilidad en Consejo de Ministros y es el Gobierno el que debe dar cuenta de su gestión cuando así se lo reclame el Congreso. No hay que caer en el error en que incurrió el Presidente del Congreso de Ministros Briand, cuando se le acusaba de no tomar medidas contra los primeros síntomas del nuevo imperialismo en Alemania. Briand dijo: "El ejército está pronto, decid una palabra y mañana la cuenca del Ruhr será ocupada". Briand se equivocaba. No era la Cámara de Diputados la que debía tomar la decisión, pues ésta correspondía al Gobierno. Poincaré siguió los verdaderos principios. "Es necesario , dijo, que el Gobierno no abandone nada de su función de director; que él se imponga a la cabeza y no a remolque de la mayoría; en una palabra, que él reivindique el honor y la responsabilidad de gobernar". Pues bien, dentro de nuestro régimen constitucional la solución es más clara. El Presidente de la República tiene por la Constitución la responsabilidad del Gobierno. No es un Presidente irresponsable, como lo es el de la República Francesa. Es un Presidente responsable que no está dispuesto a declinar ni el honor, ni la responsabilidad de los actos del Poder Ejecutivo y que si bien comparte esta responsabilidad con los Ministros, no piensa, ni ha pensado en descargar aciertos o culpas sobre las espaldas de sus colaboradores constitucionales. La descentralización administrativa, por departamentos y por servicios, constituye la mayor conquista realizada durante la evolución constitucional de nuestra patria. Se ha impuesto como consecuencia del aumento progresivo de los servicios y de las resistencias que provoca el poder de absorción de la Administración Central. Si históricamente ha podido explicarse la centralización, científicamente debe ser condenada. El mal no ha sido un mal nacional. En Francia, el Poder Ejecutivo, se atribuye absoluta infalibilidad cuando organiza y desarrolla servicios, cuando los extiende, los multiplica, y en ningún momento se pregunta si ha llegado el límite de su acción eficiente, y las dificultades las resuelve perfeccionando los procedimientos o preparando una mejor organización de la jerarquía. Sin embargo, las resistencias se acumulan, los frotamientos de la máquina administrativa retardan sus movimientos, lo que ha hecho decir a Hauriou que las dificultades de la administración centralizada se aumentan en relación directa del cuadrado de las distancias. Y se sigue con este sistema centralista hasta que invencibles resistencias obligan a retornar. Como acabo de decir, nuestro régimen constitucional admite la descentralización por regiones, que ha sido reglamentada por ley -y que deberá ser ampliada en su régimen financiero y principalmente en lo relacionado con las obras públicas- y la descentralización por servicios necesario para la buena y eficaz gestión de las actividades comerciales e industriales del Estado, pero, que a su vez esta sufriendo el mismo progreso centralista que caracterizó a la Administración Nacional. En efecto, los servicios de los Bancos del Estado, de las Usinas Eléctricas, de la Administración Nacional de Combustibles, Alcohol y Portland se aferran al centralismo con el mismo afán y la misma energía que caracterizaban bajo el régimen de la Constitución de 1830, la acción absorbente del Poder Ejecutivo. Los entes autónomos y los servicios descentralizados deben desconcentrar a sus agentes, Digo desconcentrar en el sentido de que corresponde acordar poderes propios, con cierta amplitud a sus agentes locales ya sea directamente, ya designándoles Comisiones locales honorarias de ayuda y de contralor. Así se harán más ágiles, y más útiles los servicios de la enseñanza de la asistencia pública, de las Usinas Eléctricas, las operaciones de los Bancos, que actualmente deben esperar, aún en los casos urgentes, las decisiones de las autoridades de la Capital. La descentralización por servicios no se opone a una descentralización de los agentes que regulan sus actividades. No se concebiría ni un Banco autónomo, ni una usina autónoma, ni un ferrocarril autónomo, ni una Ancap autónoma en cada Departamento. La descentralización administrativa por servicios supone dirección única; pero sus agentes desconcentrados pueden y deben tener los poderes suficientes para la eficaz y rápida prestación de los servicios. Creo interpretar las aspiraciones de los Departamentos del litoral e interior de la República, declarando que consideraría justa la descentralización financiera de su Gobierno local y la desconcentración de los servicios a cargo de entes autónomos y organismos descentralizados. La campaña desea algo más que la descentralización y deconcentración de los servicios. Pide que los Poderes Públicos presten atención a los graves problemas de orden técnico, de orden económico y de orden social que afectan la capacidad de producción de las industrias rurales. Ha llegado el momento de estudiar a fondo tales problemas que se presentan periódicamente. Hemos vivido repitiendo soluciones de emergencia, que nada previenen para el futuro y que poco o nada remedian. El Poder Ejecutivo y el Parlamento deben abordar el estudio de soluciones definitivas en defensa del patrimonio de los particulares y de la riqueza de la nación. Las industrias rurales atraviesan momentos muy difíciles. Reclaman y merecen protección. El stock de ganado vacuno que en el año pasado había, aumentado un diez por ciento sobre las cifras de 1930, acusa en estos momentos una reducción alarmante. Hay que encontrar recursos y procedimientos para evitar un desastre económico en el próximo invierno. Si hay que salvar los valores materiales, también hay que conjurar que el desaliento y la desesperación se apoderen de las víctimas de los caprichos de nuestro régimen de lluvias. Con razón se ha dicho que el trabajo rural es el más sano, el más noble, el más fecundo de los trabajos del hombre, porque parece surgir de la tierra una virtud secreta que moraliza a toda persona que a ella se aproxima. Y esta verdad alcanza tanto a los propietarios que explotan sus campos como a los obreros que trabajan. Descubrimos en ellos la buena fe que llega hasta la inocencia, la rectitud que llega hasta el sacrificio, el respeto recíproco de los antiguos caballeros y la lealtad propia de los hombres de conciencia limpia. Estas virtudes no pueden perderse. Es peligroso abusar de la bondad de los hombres nobles. Un gran estadista de la democracia francesa después de exaltar las virtudes del poeta Virgilio, que descubrió las bellezas y ternura de la vida rural, nos dice que la tierra también sabe hablar y que cuando el hombre se inclina hacia ella para removerla y trabajarla inicia en silencio un diálogo que pueden apreciar los espíritus despiertos. " La tierra sabe decir a los que la aman lo que le agrada y lo que la hace sufrir, lo que le devuelve la vida y lo que la agota; hay en ella todo un lenguaje y toda una lógica, y hasta hay una moral porque rechaza todas las impurezas. Cuando se le trata como ella merece, se viste con los verdes ropajes de alegría y se rinde al cultivador si éste le proporciona la luz que le da vida y las frescas caricias del agua necesaria para satisfacer su sed". Tiene razón el estadista francés. La tierra habla cuando se siente agotada y habla también cuando le falta agua. El agricultor la oye, pero no puede satisfacerla. Como los padres pobres carece de los mejores medios necesarios para devolverle el alimento que pide, y el agua que las nubes se niegan a descargar. Hay que ofrecerles una mano protectora, que levante su moral y que haga renacer esperanzas de mejores días, y que les lleve las seguridades de que no están abandonados en las horas de desgracia. El crédito bancario no se ha ajustado como correspondía a las necesidades de la producción rural. Ni en los plazos ni en las tasas de interés. ¡Cuántos desastres pudieron evitarse con una buena organización del crédito de 1920 cuando los productores rurales en los momentos de crisis vieron que se cerraban para ellos las puertas de las instituciones bancarias! Queda mucho que hacer en materia de organización del crédito industrial, y en esta obra tendrán que colaborar los interesados por intermedio de sus asociaciones representativas, el Gobierno y los institutos bancarios oficiales. Las leyes y reglamentos de la enseñanza primaria, secundaria y superior se han orientado en nuestro país a partir de fines del siglo pasado en una dirección exclusivamente científica, defecto que señaló en su paso por el decanato de la Facultad de Medicina aquel hombre superior, sabio en ciencias y maestro en artes que se llamó Américo Ricaldoni. Acaban de abrirse, por decreto-ley, nuevos rumbos a la juventud creándose las cátedras de Filosofía y Letras. Queda mucho por hacer en materia de arte. La música, la pintura, la escultura, reclaman escuelas y maestros porque no hay pintura sin perspectiva, ni hay música sin ritmo, no hay escultura sin anatomía. Hace muchos años que Spencer dijo que "la ciencia no puede crear artistas. Cuando pretendemos que éstos deben conocer las leyes de los fenómenos objetivos y subjetivos no pretendemos que el conocimiento de estas leyes suplirá las percepciones naturales. Se nace artista, como se nace poeta y la instrucción no creará ni a uno ni a otro. Lo que afirmamos es que las facultades innatas no dispensan al artista de apoyarse sobre la ciencia organizada. La instrucción en mucho, pero no es todo. Sólo cuando el genio se une a la ciencia se logran los altos resultados". Un país libre no se concibe sin artistas porque el arte florece donde hay ambiente de libertad. Sin ella los artistas no aparecen, y debe cuidarse que las escuelas especiales no la opriman, ahogando la espontaneidad y la fuerza creadora de la intuición. Ruy Barbosa decía que "el objeto de la educación artística no es el de crear individualidades extraordinarias sino el de educar estéticamente la masa general de las poblaciones formando así al mismo tiempo el consumidor y el productor, determinando simultáneamente la oferta y la demanda en las industrias del gusto". La parsimonia en los gastos públicos, el equilibrio de los presupuestos, la revisión del régimen tributario, no constituyen utopías irrealizables cuando se conciertan en acción fecunda y desinteresada las voluntades de los representantes de la soberanía de la nación. Creo no incurrir en optimismo exagerado el esperar soluciones favorables para estos problemas sin sacrificios para los funcionarios y sin reducir no aplazar las obras públicas. Con todo debe prepararse el ambiente nacional para evitar sorpresas. La prolongación de la guerra agravará la crisis de los combustibles y del abastecimiento de materias primas y de mercaderías de primera necesidad. En la crítica situación que atraviesa la humanidad, el espíritu del pueblo tendrá que prepararse para soportar con resignación numerosos sacrificios. En esta hora de incertidumbre no se demostraría sensatez presentando planes y programas cuya ejecución dependería de fuerzas superiores a nuestras voluntades. Han sido aprobados planes de obras públicas con aplauso general de toda la República. Deben continuarse y completarse por lo que representan como aumento del patrimonio del Estado y por lo que significan como medio de combatir la desocupación y la miseria. Los servicios de la policía han adquirido extraordinaria importancia. El respeto de los derechos individuales, la rectitud funcional, la tranquilidad de las poblaciones, están bien aseguradas por las autoridades policiales de un extremo a otro de la República. Con todo, el instituto policial reclama que se organicen científicamente sus dependencias y que se perfeccionen las secciones especializadas de prevención y descubrimiento de delitos. Hace algunos años se decía que un país sin marina es un pájaro sin alas. Hoy la frase debe ser completada. El hombre ha conquistado el dominio del aire y puede afirmarse que una nación sin marina y sin aviación se asfixia. Preparamos en estos momentos magníficos puertos aéreos y pilotos competentes para dirigir las grandes máquinas modernas. Los Poderes Públicos deben seguir de cerca y con atención los desenvolvimientos de estos nuevos rumbos de la industria del transporte. Las industrias agrícolas, las manufactureras, lo mismo que la industria de la pesca deben organizarse científicamente. Las escuelas del Estado han prestado y prestarán en el futuro positivos beneficios a las primeras. En cuanto a la última, continúa explotándose en forma muy primitiva. es de esperar que los estudios oceanográficos y el servicio oficial, no tarden en preparar la instrucción industrial que reclaman los pescadores. Nada hay que rectificar en la política exterior de la República. La solidaridad de las naciones del continente americano es consecuencia inmediata y directa de las instituciones democráticas que las rigen. Hemos sostenido con acierto, que todos los estados son libres, independientes e iguales en derecho, y que su independencia y soberanía no admiten restricciones ni limitaciones: hemos repudiado el uso de la fuerza, hemos condenado enérgicamente a los dictadores europeos que afrentan a la civilización con la más criminal de las guerras, hemos concertado la acción solidaria de nuestra Patria con los pueblos del continente americano, que han sido injustamente agredidos, y hemos prometido nuestra cooperación para la defensa de las libertades de América. No faltaremos a las obligaciones que nos imponen nuestra defensa, nuestros compromisos y nuestras promesas No contenemos ni esperamos ayuda ajena para defender lo que es nuestro, porque tal actitud sería incompatible con la tradición viril de nuestra patria y con la dignidad de estado soberano. Antes de ahora he dicho que podemos confiar en la preparación esmerada, en el patriotismo y en la firmeza de los Jefes y Oficiales del Ejército y la Marina Nacional, que son los herederos de las glorias de los héroes de la Independencia y de nuestras pasadas guerras civiles. la confianza que merecen nuestros Jefes y Oficiales supone dos obligaciones a cargo del país: la de ofrecerles sin retaceos el material que la ciencia y el arte de la guerra exige para el desempeño de sus delicadas funciones y la de proporcionarles los soldados ciudadanos e insustituibles para la defensa militar. Reafirmaremos nuestra solidaridad con los pueblos que han puesto al servicio de los más altos y nobles ideales de la humanidad sus hijos y sus riquezas. No tardará en sonar la hora de la paz que será impuesta por la aplastante victoria que terminará para siempre con las guerras de agresión. Mantendremos con la firmeza de todos los tiempos los vínculos fraternales con nuestros vecinos, la República Argentina y los Estados Unidos del Brasil. Mis conciudadanos saben que durante toda mi vida he actuado como consecuente afiliado del Partido de la Defensa de Montevideo... ...y que llego a la Presidencia de la República por voluntad del Partido Colorado, demostrada en forma elocuente en comicios libérrimos. En ningún momento mis convicciones partidarias han perturbado la imparcialidad y la rectitud que he debido a las funciones públicas que me fueron confiadas. No me apartaré de esta línea de conducta. La función pública excluye todos los sectarismos. Estaré al servicio de los mandatos de la Constitución y de las leyes, que no admiten privilegios ni preferencias incompatibles con la igualdad republicana. Señores Senadores, señores Representantes: La Constitución nos impone una continua y leal colaboración en la lucha por el derecho que, al recordarnos las conquistas obtenidas, nos señala los nuevos derroteros que debemos seguir para lograr más justicia y mejor bienestar para los hombres. Estoy seguro de que todos concurriremos a las obras de progreso reclamadas por la República, desprovistos de rencores y de sospechaseis y animados por el amor que debemos a nuestra patria y por el deseo de cumplir con nuestra conciencia de buenos ciudadanos.