Terra, Gabriel

1933
En el mensaje que el Poder Ejecutivo ha dirigido a esta Asamblea, y cuya lectura convendría suprimir en este acto inaugural, por su gran extensión, se encuentra relatada la historia verdadera de la revolución de Marzo, de los factores que la generaron y le dieron el triunfo. Califico de revolución y no de "golpe de Estado" al acontecimiento del 31 de Marzo, porque no lo produjo la voluntad de un hombre ni de un Poder en lucha contra otros Poderes ante la resistencia, en el problema de la reforma constitucional, de consultar al pueblo, que es soberano. Fue el mandato imperativo de la inmensa mayoría del país en el ejercicio de un derecho primordial mayoría representada por los grandes partidos tradicionales en sus distintas fracciones; las tres cuartas partes del batllismo, los riveristas, tradicionales, radicales, y los herreristas, que son la numerosa representación del Partido Nacionalista. Los que no actuaban en política, - las clases productoras, ganaderos, comerciantes, industriales,- clamaban por un cambio de situación. Casi la mitad de la Asamblea derrocada estaba en las filas revolucionarias y del Consejo Nacional, también disuelto, los miembros elegidos últimamente, doctores Espalter y Puyol, fueron principales actores en los sucesos. Aceptaré en toda época ante mis contemporáneos y ante la historia, la responsabilidad exclusiva, si se quiere, de la jornada redentora pero el honor que ella refleja, no me pertenece sino en pequeña parte, porque fueron los factores decisivos los ciudadanos de todos los partidos colaboradores entusiastas que nos llevaron mas tarde al triunfo electoral del 25 de Junio, triunfo electoral que generó esta Constituyente con todos los prestigios de la consagración popular. Fueron factores, también decisivos, el Ejército, la Armada y la policía obedientes a los sentimientos y solidarizados en absoluto con las aspiraciones del pueblo. Es hora que constatemos que no hemos abusado del poder extraordinario conferido por los acontecimientos, que los prescritos por la revolución han sido respetados en todos sus derechos y libertades y si hubo que detener a unos pocos y alejar del país a media docena, se procedió con toda consideración personal y con la mayor mesura en defensa del orden que tenemos el deber de sostener y siempre después de haber adquirido el convencimiento de que en esa forma evitábamos mayores males a la República. Es digna de respecto la fidelidad o la consecuencia con una causa, por equivocada que ella sea, pero hay la obligación patriótica de no perdurar en actitudes rebeldes o revolucionarias cuando resultan absurdas y pueden dar lugar a la violencia o al sacrificio estéril de la represalia, que hasta ahora hemos podido evitar. Entre nuestros adversarios los hay los más intransigentes, los menos respetables, los heridos en sus intereses subalternos; las hay víctimas del error en la apreciación del caos que arrastraba al país al borde del abismo, los hay que obedecieron a una mal entendida consecuencia personal por favores recibidos y en todos se mantiene la pasión del orgullo y del amor propio, afectado al verse desalojados de las posiciones de Gobierno, sin encontrar una sola manifestación de simpatía en el pueblo, que cansado de promesas falaces repudiaba la oligarquía dominante considerándola abusiva y usurpadora. Y esa oligarquía, hoy todavía disminuida en el número de sus componentes, no quiere ir a las urnas por una sola causa verdadera: el temor a la falta del apoyo popular. Y se sueña con atentados personales a base de dinamita, y se sigue la táctica de hacer todo lo posible para que en un disturbio callejero la fuerza pública mate un estudiante o una mujer para explotar después ese crimen premeditado como bandera de protesta que favorezca la restauración de un pasado que no volverá jamas. No era propio de nuestra altivez ser gobernados en forma hereditaria y continuar soportando una verdadera tiranía ejercida por un órgano de publicidad que había adquirido por distintas circunstancias, una avasalladora influencia en el partido del poder. Y cuando tal régimen cayó, el pueblo tuvo la sensación de alivio, y surgió la esperanza de que se inauguraba una nueva época, realmente democrática; que se acababan los abusos del proselitismo y los excesos de la demagogia, que iban a imperar en adelante la verdad y la justicia, con la derrota de los que las profanaban en nombre de la libertad y ejercían un dominio absolutista en casi toda la Administración, por causas accidentales, ajenas a sus propios medios. Los simplemente equivocados, los leales, los honestos, no deberían confundirse en la adversidad con los políticos profesionales de la decadencia, exponentes de una democracia en vías de degenerarse, estrechos de mentalidad y faltos de espíritu de sacrificio, sin derecho a quejarse de su suerte. Los primeros pueden ser útiles en la tarea de la reconstrucción nacional y estos últimos deben, en su carácter de indeseables continuar en la oposición no confundiéndose de esa manera tales elementos heterogéneos, so pretexto de defender una legalidad que no existía y una Constitución que proclamaba que la República jamás sería patrimonio de persona ni de familia alguna.  Si me hubiera faltado decisión para barrer tanta inconsciencia, tengo el convencimiento de que me hubiera muerto de dolor por haber perdido la oportunidad de prestar un gran servicio a la República. Bien a mi pesar han caído envueltos por la avalancha revolucionaria muchos amigos y hasta personas vinculadas a mi familia; pero sobre los afectos personales, por profundos que ellos sean, están los supremos intereses de la Nación. Los hombres de la revolución tenemos un sagrado deber que cumplir; hacer cuanto antes la reforma y poner en práctica las nuevas instituciones, que serán armónicas con la dignidad nacional y los adelantos del país, al que salvaremos de los excesos de la anarquía, y estos nuevos instituciones continuarán en el tiempo la obra de este Gobierno Provisional, que entregará el Poder a los nuevos mandatarios después de combatir la miseria y la desocupación con todos los medios a su alcance. Debo declarar, con toda franqueza, que solo aspiro a dejar la Presidencia, si es posible en un ambiente de concordia nacional y sino fuera sí, que sea mi sucesor el que lleve la tranquilidad a los espíritus. Pero, entiéndase bien: mi sucesor elegido entre los hombres de la revolución porque, de otra manera, claudicaríamos o apareceríamos poniendo puntales a una situación que no sabe de temblores, porque tiene sólidos e inconmovibles cimientos en la conciencia nacional. Hasta que este Honorable Cuerpo no haya terminado su labor, hasta que de sus deliberaciones no surja la nueva Carta Fundamental que todos esperamos, hasta que no ofrezca a la ansiedad pública la seguridad orgánica de que las instituciones se restablecerán sobre bases que signifiquen rapidez, eficiencia y fuerza homogénea en la gestión de Gobierno, no podrá decirse que nuestra causa ha obtenido la plenaria coronación de sus aspiraciones ni habrá vuelto a alcanzar la República la senda de su perdida prosperidad. Yo confío plenamente en vosotros. Os sé compenetrados de la gravedad y trascendencia del momento histórico que vivimos y fácil es percibir en vuestro seno el mismo impulso latente que originó, la revolución que salvo los principios capitales de nuestra democracia abriendo ancho cause a la expresión de la soberanía popular. Tenéis una grande y hermosa misión que cumplir. Vuestro cometido está colocado por sobre las banderías y las pasiones personales, y el sentimiento patriótico debe primar sobre todas las otras fuerzas en juego iluminada nuestra visión, alta la frente y aligerado el pensamiento en la lucha por el bien. Debéis vincularos a esta jornada trascendente de la existencia del Estado. trabajando con el mismo férreo empeño que dio fibra al sacrificio de nuestros libertadores, ya que se logrará con la pronta y atinada terminación de vuestras tareas constituyentes. Sé que en esta oportunidad no se defraudarán las esperanzas de la Nación, y seréis doblemente acreedores al reconocimiento general si, dentro del primer año subsiguiente al 31 de Marzo pasado, se han franqueado felizmente todos los planos necesarios para regresar a la normalidad en la Tercera República.