Campisteguy, José

1927
El día 20 de Noviembre de 1916, ejerciendo el cargo de Presidente de Asamblea Constituyente, al inaugurar solemnemente sus sesiones ordinarias, pronuncié el siguiente párrafo que reproduzco fielmente por considerarlo de oportuna recordación: "Al reconocer que nuestra educación política desenvuelta en un medio inadecuado, ha sido accidentada y difícil, agregaremos en homenaje a la verdad y a la acción propulsora de nuestro pueblo, que no hemos quedado rezagados en la evolución que han seguido los demás países americanos". Si en aquel acto solemne hice esta afirmación fundamentándola en un breve retrospecto político y comparativo, hoy después de transcurridos un poco más de diez años, durante cuyo lapso de tiempo se han efectuado tres elecciones directas de Consejeros y dos de Presidente, hoy, digo, he quedado convencido que esas pruebas colocan a la República en las líneas avanzadas de la democracia en donde figuran los países más civilizados en las prácticas políticas, sin que la crítica más rigurosa sea capaz de hacerle perder la posición que ha conquistado. Esta opinión que podría ser sospechada de parcialidad por formar parte el que habla del partido que ha ejercido el Poder Ejecutivo, que es la autoridad encargada de garantir la efectividad de los derechos cívicos, puede ser robustecida por la mención de las declaraciones aparecidas en algunos diarios que militan en las filas del partido adversario, al juzgar que las elecciones realizadas en Noviembre del año pasado, constituyen actos electorales verdaderamente democráticos e impecables. La senda que esta honrosa situación nos impone seguir, está bien definida. No cabe duda que en estos últimos cuatro años la República ha pasado por días de agitación intensa y de verdadera ansiedad, pues después de haber obtenido hace dos años el partido nacionalista un triunfo en la integración del Consejo Nacional, en la última elección de Noviembre del año próximo pasado el pueblo ha vivido durante algunos días en la incertidumbre, moviéndose a impulsos de datos contradictorios, que eran constantemente rectificados, sin que esa disposición de ánimo y la divergencia de pareceres que era su consecuencia, haya provocado disturbios o conflictos de significación. La circunstancia de que en esta última elección los partidos se hayan atribuido la comisión de fraudes electorales, me proporciona la oportunidad de emitir mi opinión, fundada en una larga experiencia política, de que es a los hombres dirigentes a quienes les corresponde consolidar la honrosa posición adquirida por la República en las contiendas del sufragio, que nos exigen ante propios y extraños, como un pueblo capacitado para resolver sus destinos de acuerdo con la única ley que los hombres han forjado para vivir en paz, que es la ley de la soberanía con su acción de atraer el concurso de todos los intereses y de todas las aspiraciones.     A los hombres que repudian el régimen democrático, alegando que su ejercicio rebaja la dignidad de las funciones superiores y exalta la mediocridad verbalista, se les puede contestar con las palabras de un ilustrado profesor de Derecho, de la Universidad de Buenos Aires. "La acción democrática en el escenario político del mundo, aparece como un régimen concomitante con los más altos estados de cultura, -y dentro de la más amplia libertad de discusión y acción que esencialmente supone, el talento, la ciencia y la virtud ejercen la gravitación de las fuerzas naturales". Pero vuelvo a repetir, no se llegará a esta altura en el ejercicio de la acción democrática, si no se cuenta con el concurso decidido y honesto de los dirigentes de la política. Fuera de las actividades cívicas, los progresos realizados en nuestra patria han seguido la misma trayectoria, pero quizá más rápidamente. La libertad de reunión, el derecho de asociación, la libertad de pensamiento y el derecho de emitir opiniones que es su consecuencia, la libertad individual, la seguridad personal, la inviolabilidad del domicilio y de la correspondencia, el derecho de locomoción, etc, son todos atributos de la personalidad humana, no sólo consagrados en la ley, sino también profundamente arraigados en nuestras costumbres. La paz está tan cimentada con la práctica sincera de las instrucciones, que a nadie se le ocurre alterarla, habiéndose puesto un broche a la sucesión de provisoriatos, dictaduras y gobiernos de fuerza que en el pasado interrumpieron la vida constitucional de la República. No enumeraré las leyes de previsión social dictadas por el Parlamento, pues sus miembros están al corriente de lo que se ha hecho en esa materia, pero ya que la oportunidad se presenta, diré que se distinguen por lo amplias y generosas, y que si de algo pueden tildarse, es por el exceso de generosidad que se revela en alguna de sus disposiciones, incitando a los empleados a retirarse del servicio, buscando en la pasividad mayores beneficios pecuniarios. Pido disculpa a los señores legisladores por haberme detenido en esta disgresión, destinada a esbozar a grandes rasgos la situación política de la República, pasando a exponer lo más sintéticamente posible las ideas y propósitos que guiarán mi acción mientras desempeñe la Presidencia de la República, de acuerdo con las facultades que la Constitución me confiere. La Constitución asigna al Presidente la misión de representarla en el exterior, e interior, función que hasta cierto punto es simplemente mecánica o protocolar, atribuyéndole en otro inciso el deber de velar por el orden y la tranquilidad de las mismas esferas de acción. Estos últimos cometidos son de suma importancia, pues sin la tranquilidad y el orden exterior o interior, es imposible realizar obra de progreso y fomentar el espíritu de trabajo que debe animar a todo pueblo, que aspire a elevarse en la escala de la civilización de la cultura y de la producción. No puede haber tranquilidad si no se cumplen estrictamente las leyes respetándose todos los derechos, especialmente los políticos que tanto apasionan a los pueblos regidos por leyes democráticas. Es notorio mi modo de pensar sobre la forma de gobierno adoptada por la Constitución del año 1918, pero en este acto solemne, me creo obligado a declarar que ese estado de mi espíritu no me impedirá acatar los preceptos constitucionales que lo consagran, que es la actitud observada durante el desempeño de mis funciones de Consejero. Creo que mi palabra ha adquirido en el país el ambiente adecuado para ser creída. Si mi figuración como hombre público no ha sido destacada tampoco soy desconocido, desprovisto de antecedentes y desvinculado de toda actuación. He ocupado puestos elevados en el Poder Ejecutivo, en el Poder Legislativo y en el Constituyente, sin haberme relegado a las filas de los hombres que no rinden culto a la verdad a pesar de mis largos años de vida pública. Ese caudal de antecedentes, garantiza la efectividad de las promesas que formulé ante una Asamblea política realizada en el teatro Albéniz, de respetar la acción política de todos los partidos. Por lo demás, debo advertir a los señores legisladores que mi profesión de fé política en esta materia, data de la fecha de mi iniciación en la vida pública, habiendo sido en todos mis actos de funcionario o ciudadano, consecuente con las ideas sustentadas desde mi juventud. No debo olvidar al referirme al ejercicio de la libertad que sus manifestaciones deben encuadrarse dentro del orden, cuyo mantenimiento corresponde al Poder Ejecutivo Presidencial. El ejercicio de la libertad y la defensa del orden que parecen seguir orientaciones distintas y hasta casi antagónicas, son por el contrario, dos factores esenciales en toda organización democrática, que marchan unidos, teniendo por norte el cumplimiento de la ley. Si el uso de la libertad degenera en licencia, la autoridad ejecutiva aplica los medios más adecuados para contener sus avances encarrilándolo en las prescripciones legales. Si la autoridad se excede en el ejercicio de sus atribuciones, el derecho queda lesionado y violada la ley. En uno y otro caso, la ruta que han de seguir, está trazada por la ley o por el derecho. De lo dicho resulta que la conservación del orden que es garantía de la libertad, exige, para hacerla efectiva, el concurso de una buena organización policial, organización que todos mis antecesores han indicado como uno de los artículos más importantes de sus programas. Y la razón que han invocado no puede ser más procedente. Montevideo, es hoy una ciudad que se extiende considerablemente, mientras que el número de sus guardias civiles encargados de vigilar tan extensos radios, apenas si ha aumentado en cantidad apreciable, debiendo las autoridades superiores compensar la falta de agentes con elementos de movilidad. Pero la organización policial no debe realizarse teniendo como orientación única el aumento del personal de vigilancia. Se impone para hacer buena policía y evitar desórdenes sangrientos, contar con el concurso de elementos que sepan discernir lo que han de hacer mientras lleguen sus superiores. Aún asimismo habrá que vigilar que los cargos de Subcomisarios, Inspectores y Subinspectores sean ocupados por personas que reúnan ciertas condiciones de idoneidad. Figura en las carpetas del Cuerpo Legislativo un importante proyecto de ley remitido por el Presidente saliente, que puede servir de base a las deliberaciones legislativas, durante las cuales podrán introducirse las reformas que se consideran armónicas con la situación del erario público. Lo que es ineludible y esto lo afirmo de una manera categórica, es que las asignaciones acordadas al personal de policía no ofrecen el estímulo suficientes para que elementos preparados abracen esa carrera o los que ya están en sus filas opten por perfeccionar sus aptitudes. Por lo demás reconozco como lo ha dicho el Presidente Serrato en uno de sus documentos de gobierno, que la obra de perfeccionamiento policial necesariamente ha de abarcar varias administraciones orientadas en el mismo sentido, a lo que agregaré que podrá adoptarse algún régimen de aumentos de sueldos, que no ofrezca los inconvenientes que siempre se apuntan cada vez que aparece una iniciativa de esta naturaleza. Estas consideraciones no suponen la emisión de un juicio despectivo, sobre los funcionarios que integran las policías de la República. Reconozco que figuran en este personal excelentes funcionarios poseedores de condiciones apropiadas para desarrollar la acción de cultura que compete a la policía en su misión primordial de proteger la vida, la propiedad y la libertad de los habitantes de la República. Rindiendo un acto de justicia, diré que al dejar el mando el Presidente Serrato, puede vanagloriarse de haberse preocupado empeñosamente en la mejoría del servicio policial, fijando reglas a los agentes que han sido acatadas fielmente, contribuyendo con sus procederes a elevar el buen nombre de la institución. Es aquí en la misión de proteger la vida, la propiedad y la libertad donde se hace más visible la escasez del personal policial sobre todo en el departamento de Montevideo. Es muy conocido el precepto de que más vale prevenir que reprimir. Pues bien las medidas de prevención en las reuniones públicas o movimientos huelguísticos sólo pueden aplicarse eficazmente con el concurso de un personal numeroso. Si bien esta medida se ha tomado , es al precio de dejar interrumpida la vigilancia en otros radios de la ciudad. Soy de opinión y así lo he manifestado, públicamente de que las huelgas son perfectamente legítimas, siempre que el derecho de donde emane se mantenga dentro de la legalidad pero como la experiencia comprueba que los movimientos obreros contra los patrones tienden después de transcurrido cierto tiempo a desenvolverse en actitudes violentas, agregaré que en tales circunstancias el concurso de una policía numerosa puede prevenir la comisión de hechos sangrientos, que tanto enconan los ánimos generando situaciones tirantes y desordenadas. Nuestro país necesita para progresar del concurso de los obreros, pues sin su cooperación sería imposible trabajar, pero también es indispensable la colaboración de los capitalistas, que hemos procurado atraer con la sanción de leyes protectoras que se esterilizarían en un vano llamado, si cuando llega el caso no los amparamos ofreciéndoles la seguridad de que sus bienes serán respetados.     Si llega un caso de estos, haré respetar los derechos agredidos, aplicando como lo he manifestado anteriormente todas las medidas de prevención que considere conducentes a aplacar los ánimos, para en último extremo reprimir el atentado, eludiendo, siempre que sea posible, la efusión de sangre. Nuestra legislación sobre huelga adolece de tales deficiencias que hasta ahora se ignora quienes son los trabajadores o empleados que poseen el derecho de declararse en huelga. Esta deficiencia de las leyes podrá dar margen, en cualquier momento a dar al gremio de empleados públicos, y lo que es más grave el de los empleados de policía se consideren asistidos del derecho de interrumpir el servicio, creando una situación caótica generadora de gravísimo perjuicio... Declaro que si los sucesos me colocan en tan grave conflicto procederé desconociendo el ejercicio de ese derecho en los componentes de los institutos que están bajo la jurisdicción de la Presidencia y a cuyo cargo está el más vital de los servicios públicos, cuál es el del mantenimiento del orden. Antes de terminar este género de consideraciones, quiero recordar a esta Honorable Asamblea un antecedente demostrativo de la influencia favorable que, en el ánimo de los obreros ha ejercido la sanción de las leyes de previsión social. Desde un tiempo a esta parte los movimientos huelguistas han disminuido en número, intensidad y duración, siendo una característica importante la de que se desarrollan en un ambiente más tranquilo y sosegado. En la generalidad de esas huelgas no han figurado los obreros y los empleados amparados por las leyes de jubilaciones a favor de las personas que trabajan en los servicios públicos. Como también tengo a mi cargo, de acuerdo con disposiciones pertinentes de la constitución la Jefatura de todas las fuerzas de mar y tierra de la República, deseo expresar mi intención de dedicarle una parte de mis actividades a perfeccionar, si esto es posible, el estado moral del Ejército y las condiciones técnicas que debe poseer. Es notorio que en mi juventud abracé la carrera de las armas, permaneciendo en las filas del ejército durante más de tres años, y si bien mis servicios militares no se prolongaron como para adquirir ciertos conocimientos que hoy podría aprovechar; lo cierto es que mis recuerdos de esa época evocan en mi espíritu gratas impresiones de esa escuela de disciplina, abnegación y sacrificio. Tengo una alta idea de la misión que desempeña el Ejército, en esta época de libertad, como guardián fiel de su ejercicio, pues, como lo he dicho anteriormente, este hermoso atributo de la personalidad humana no podría ejercerse sin el concurso de la fuerza armada que garante la conservación del orden. Es también el ejército el centinela colocado en las primeras trincheras para defender la dignidad nacional si la soberanía de la nación es ofendida o lesionada. Consecuentemente con estas ideas que siempre he profesado, trataré por todos los medios de mejorar la organización de sus institutos colocando a la cabeza de sus unidades y demás jerarquías a los militares más aptos para la preparación de las tropas, sin perjuicio de estimular la acción de los técnicos y especialistas cuyo rol en las operaciones militares va siendo cada vez más importante. Estoy incapacitado en este momento para fijar una orientación o programa de lo que se puede hacer, pues mi falta de conocimiento en este capítulo de la administración de un país y mi ignorancia sobre las necesidades más perentorias del ejército me impiden concretar normas, pero me figuro que la renovación aunque sea parcial del material de guerra a de ser un problema de resolución apropiada, siempre dentro de nuestros recursos y teniendo como finalidad el interés de ilustrar a nuestros jefes, oficiales y clases, sobre la evolución que se está operando en los elementos de combate. Será también objeto de mis preferencias de gobernante el examen detenido de la influencia que ha de estar ejerciendo la ley de sueldos recientemente sancionada, sobre la mente y el espíritu de cuerpo de lo jóvenes militares que egresan de la escuela, pues me temo que en esta parte sea haya cometido algún error de apreciación, que bien pudiera redundar en perjuicio de la organización del ejército y de la conservación de su disciplina. Estas consideraciones las hago extensivas a nuestra marina, en cuyos cuadros figuran elementos de verdadera distinción por sus relevantes condiciones. A simple vista, la impresión que produce el examen de nuestra pequeña escuadrilla es de verdadero desconsuelo. No poseemos buques en la verdadera acepción de la palabra y apenas si se dispone de alguna embarcación de guerra que desempeña con cierto decoro y dignidad la representación del país en el exterior. Mi alejamiento del examen de estas cuestiones y el costo de los buques no me permiten esbozar ningún propósito de organización o reorganización de nuestros elementos marítimos, pero será una de mis preocupaciones cambiar ideas y opiniones con las personas entendidas, adoptando oportunamente las resoluciones que se consideren pertinentes en armonía con la situación financiera de la República. Por lo pronto bueno es advertir, que las sumas invertidas en cualquier adquisición no provocarán aumentos de gastos en el sostenimiento del personal nuevo, pues considero que con los elementos actualmente presupuestados se podrán llenar las apremiantes exigencia del servicio público. Deseo precisar el móvil que me guía al emitir estas consideraciones, sobre la fuerza armada. Nosotros podemos declarar sin el temor de ser desmentidos, que no existen síntomas en el horizonte internacional que inspiren el temor de una guerra que comprometa nuestra neutralidad. Sin embargo, lo cierto es que poseemos un ejército con su correspondiente cuadro de jefes y oficiales que podrían prestar servicios inapreciables en caso de un guerra internacional. Algo parecido pasa con la marina. De la existencia de estos elementos se deduce el deber de la Presidencia de la República de perfeccionarlos y para el caso improbable, pero no imposible, de que los sucesos nos obligaran a defender nuestra plena personalidad o el ejercicio de nuestra soberanía. Felizmente, y esto lo digo tranquilamente, todo hace pensar que la estabilidad de la paz en estas regiones está asegurada; y si algo desagradable se vislumbra en otras partes, la repercusión de esos sucesos no llegará hasta nosotros, perturbando nuestra gestión de país pacífico por convicción y por interés propio. El desarrollo de mi exposición me lleva naturalmente a expresar cuáles son mis ideas en otros cometidos primordiales que competen a la Presidencia de la República: la política internacional, cuya gestión corresponde al Ministerio de Relaciones Exteriores y á los Ministros y agentes consulares acreditados en el exterior. Concordante con lo que he manifestado, será mi propósito decidido inspirarme en los sentimientos de confraternidad americana que todos nuestros gobiernos han fomentado en todas las épocas, haciendo presente a los señores Legisladores que trataré de mantener las vinculaciones que nos ligan especialmente a nuestros vecinos a quienes debemos corresponder las consideraciones y simpatías que habitualmente nos dispensan. Es notorio la consideración y el aprecio adquirido por nuestro país en las relaciones internacionales. Pienso refiriéndome a este tema, que es necesario fortificar ese prestigio con la práctica sincera de nuestras instituciones que garantiza la estabilidad de la paz interna y con el predominio de una política financiera sana y ordenada, que nos ponga en condiciones de cumplir todos nuestros compromisos acreditando así la seriedad de nuestros procederes. Además aprovecharé todas las oportunidades que se ofrezcan, para prestar mi adhesión al principio del arbitraje, como medio de dirimir los conflictos que afecten a los Estado especialmente al nuestro. Me empeñaré también siguiendo la misma orientación, en conservar y extender las relaciones cordiales que nos vinculan tanto en el orden político como económico, con los países que fuera del continente americano integran el mundo civilizado. Animado de estos propósitos que surgen naturalmente de la aplicación de estas ideas, he de propender para que nuestros agentes en el exterior, sean sus portavoces ante los países en que están acreditados procurando extender nuestras relaciones comerciales. Fuera de los cometidos primordiales a que me he referido en el curso de esta exposición, la Constitución de la Constitución de la República asigna al Presidente otros de carácter financiero y económico, cuya importancia es imposible desconocer. En los casos de iniciativas de leyes sobre creación o modificación de impuestos, contratación de empréstitos circulación monetaria o fiduciaria o que se relaciones con el comercio internacional y preparación del Presupuesto General de Gastos, el Consejo Nacional requerirá la opinión del Presidente de la República. Si la Presidencia formula cualquier observación, la iniciativa observada no podrá seguir su trámite, si los dos tercios de votos de sus miembros no siguen apoyándola. Debo declarar que, consecuentemente con mi modo de pensar y con mi actuación de Consejero, no pienso contrariar, salvo circunstancias excepcionales, la acción progresista en cuyo desarrollo está empeñado el Consejo Nacional. Semejante proceder me colocaría en pugna con mis propios actos, que siempre han sido favorables a la construcción de carreteras, puentes, caminos, puertos, etc., por los incalculables beneficios que proporcionan a la distribución de la producción y del consumo. En cuanto al desempeño de las funciones que constitucionalmente competen en la materia de presupuesto a la rama ejecutiva presidencial, declaro que cumpliré las leyes de gastos dictadas por el Cuerpo Legislativo, cuidando de que los egresos no sobrepasen a las cantidades presupuestadas. Ya que la enunciación de mis propósitos me ha llevado lógicamente a pisar en el terreno financiero, expondré en breves palabras mi opinión sobre el problema de los gastos públicos, que están elevándose en todas partes a cifras no previstas por los hombres políticos que actuaron antes de la gran guerra. Cuando en un país aumenta su producción o el valor de sus productos sigue el mismo impulso, la situación no se conmueve, a pesar del peso de los nuevos compromisos. La difusión de sus riquezas contribuye poderosamente al aumento de los recursos del Estado. Si por el contrario, la producción se estabiliza o sus valores desmerecen o se operan estas dos variaciones en los índices económicos, la situación está expuesta a complicarse, debido a la influencia inesperada, algunas veces, de factores internos y externos. Que casi todos los países europeos están en crisis, no es una novedad. Gracias a la emisión fiduciaria o al uso del crédito por sumas valiosas, se ha podido mitigar sus rigores, pero nadie puede afirmar con certeza que esas situaciones consigan liquidarse sin nuevas complicaciones. En materia de préstamos, solo Estados Unidos, acompañado excepcionalmente por empresas bancarias europeas, asume el rol de prestamista, Si las cotizaciones del dinero han mejorado, todavía sigue caro, no permitiendo realizar operaciones de convertir deudas que son tan provechosas para los estados que buscan recursos. No queda, pues, otro arbitrio, que la contratación de empréstitos si se quiere proseguir, como es natural, con la construcción de obras públicas. Estas consideraciones persiguen el propósito de poner en evidencia la necesidad de vigilar el horizonte internacional en materia de crédito público, cuyas huellas siguen nuestros colocadores, para neutralizar o disminuir los efectos de cualquier sorpresa en nuestra economía y finanzas. Consciente de las responsabilidades que me corresponden de acuerdo con las disposiciones constitucionales que he mencionado, haré valer en esas circunstancias las opiniones que me sugiera el examen de los sucesos si estos se desarrollan en el sentido previsto por hombres eminentes de pensamiento. Al terminar esta enunciación de normas de conducta, me dirijo a los señores legisladores pidiendo su concurso para todas las iniciativas que tiendan a cristalizarlas. Aunque las atribuciones del Presidente de la República han quedado muy reducidas en la última constitución, todavía conserva muy importantes cometidos cuya falta de cumplimiento redundaría en perjuicio del país. Por mi parte, prometo encuadrar todos mis actos en la Constitución y las leyes.